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Sería Pablo de Tarso, judío, como Jesús, y oficial del ejército romano, el que universalizaría el mensaje de Cristo, alejándolo de esa inminencia profética, en la que en principio también creyó. El incipiente cristianismo, con Pablo, fue elevado desde una más de las sectas de la religión hebraica, a una religión con rango universal.
Pablo ya no hablará de Alfa y Omega, de principio y final, sino que en una inversión teológica, magnífica conceptualemnte y probablemente de inspiración divina, dirá: la Cruz no es el final, sino el principio. Con Pablo desaparece la ansiedad y la inminencia del retorno del Mesías, “la parusía”.
Pablo no conoció a Jesús, no lo vio nunca, es el apóstol tardío Su importancia es tal, que la propia Iglesia de Roma se llama a sí misma la iglesia de Pedro y Pablo. Pedro era la firmeza de la Fe, entendida tal cual fue dictada, pero si variaciones de ningún tipo. Pablo entendió el mensaje y lo amplió hasta los confines del mundo.
Él entiende que en la Cruz está la clave: “La muerte de Jesús no es el final, pues si Jesús no hubiera resucitado, nuestra fe no valdría nada”. No puede superarse semejante afirmación. Pablo aportó una visión imperecedera al mensaje de Cristo.
Hay mucho que decir sobre Pablo, y que investigar, e incluso descubrir. Todo está escrito, pero nadie ve, o solo quiere ver aquello que otros le hacen ver.
El fundador del cristianismo es obviamente Jesucristo, Pedro es la primera piedra de su Iglesia, pero el que extendió el mensaje, fue Pablo, el más controvertido de los apóstoles.
Nota: Ahora se cumple un año justo de la fundación de esta capilla, de este lugar en la penumbra.