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«Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Mateo 24, 44
Son muy pocos los que pueden comprenderlo, pero tenemos un tesoro al alcance de pocos, y es todo el tiempo compartido con monseñor Ramón Buxarrais en el Centro Asistencial de Melilla. Y no hablamos de ese tiempo en que estuvo rodeado por todos, en pleno centro mediático, y en el que muchos intereses le rodeaban, y que no siempre eran de caridad, aunque sí vestían ese ropaje. No hablamos de ese tiempo porque tiene suficientes testigos y focos, e incluso él mismo, porque escribía con frecuencia en la prensa local. No, no hablamos de ese tiempo, y tampoco nos interesa. Pero vimos y fuimos testigos de sus verdaderos «fieles», y lo observamos todo en silencio.
Escribimos de ese tiempo y tenemos cientos de imágenes de esos instantes silenciosos y oculto, de esa soledad, que fue su compañera durante varios años, desde noviembre de 2011, cuando abandonaron el Centro Asistencial las últimas Hijas de la Caridad, hasta su marcha de Melilla. Aunque ese final fue un poco antes, justo en febrero de 2016, cuando las misas de la capilla Castrense se trasladaron a esta capilla, y en la que nunca fue auxiliado por el párroco castrense. Monseñor Buxarrais prosiguió con su misa diaria, pese a sus 86 años. Así estuvo durante año y medio más, hasta su infarto en septiembre de 2017. ¿Por qué no le suplió en las misas ningún sacerdote? Cuando él se trasladaba fuera de Melilla para sus vacaciones y encuentros anuales, la capilla se cerraba. Él sí prestó asistencia en otras parroquias, pese a su avanzada edad (Castrense, Sagrado Corazón).
Así pues, el tiempo oculto, ese del que fuimos casi únicos testigos, salvo las misas dominicales, junto con unas pocas mujeres del Centro Asistencial y otras pocas más, llegadas desde otras partes de la ciudad, se extendió a lo largo de 1500 días , en las que le acompañamos a dos o tres centenares de ellas. Fue todo un privilegio, porque eran misas de obispo, oficiadas para 5 personas como máximo, en los días de mayor asistencia. Siempre tuvimos la sensación, aunque eso no lo pudimos comprobar nunca, que en algunas ocasiones celebró la misa el solo, o para una persona como toda asistencia, que busca entre las mujeres internas del Centro. Allí se pasaba frío, ventisca y también calor.
Ahora ya lleva casi una década preservado del estrés mundano, en la residencia del Buen Samaritano, en la localidad malacitana de Churriana, y que pertenece al Obispado de Málaga. Nos dejó muchas claves en esa etapa, como las frases que cada semana colocaba en un panel de corcho, detrás del altar y frente a los fieles, y que le preparaba Salvador, uno de entre sus fieles y casi desconocidos ayudantes. Las frases de Buxarrais, en denominación propia, siempre hacían alusión a circunstancias del culto, o del tiempo litúrgico, salvo en dos ocasiones. En una de ellas escribió la jaculatoria: «No convirtáis mi casa en mercado«, y en la otra: «No se puede servir a Dios y al dinero«. Él siempre le daba una particular expresión a las exhortaciones evangélicas.
Siempre rezaba solo, un cuarto de hora antes de cada misa, que solo las oficiaba de modo público desde la marcha de las Hermanas de la Caridad. De ese tiempo anterior sólo ellas fueron testigos. Para el tiempo final, ese en el que la conciencia y la lucidez van mermando, solo tenía un deseo, que repetía muchas veces, en confidencia. Solo quería alguien a su lado, que rezase de modo constante el Credo. Por eso siempre tenía unas estampas plastificadas cerca, con el texto de esta confesión litúrgica: Creo en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Nació de Santa María, siempre virgen. Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos y al tercer día resucitó, subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre, Dios todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, y la vida eterna. Amén




































