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La iglesia de Santa María Micaela en Melilla, ha recobrado el esplendor de las imágenes, al cumplirse un año de la reposición de la efigie de San Pancracio, la única existente en la ciudad. Un año después, no solo están repuestas todas las imágenes existentes previamente, sino que además se han añadido otras muchas, aunque de menor tamaño, donadas por la amplia feligresía del barrio de La Victoria.
El sacerdote diocesano Eduardo Chirinos, nacido en Venezuela, ha promovido la participación de los fieles en la ornamentación de la iglesia, que necesita de amplias reformas en paredes y cubiertas. También se han renovado los jardines laterales, única parroquia que dispone de ellos, en donde se celebra una confraternización mensual. El padre Eduardo es un apasionado de las imágenes y de la colaboración de los fieles, algo que es común en la América hispana. Allí no suele haber subvenciones para nada, y son los propios parroquianos los que mantienen y sostienen los templos. Es un catolicismo muy dinámico y de gran empuje comunitario, pero sin características selectivas.
Todo empezó hace un año, y todo empezó con San Pancracio, la primera imagen que se repuso al culto, tras declararse concluida la «plaga de carcoma», que vació la iglesia de imágenes. Allí no quedó ni un solo santo.
¿Quién era San Pancracio? Poco se sabe, pero su basílica está situada en las cercanías de Roma, en un lateral de la que fuera la Vía Apia. Era un joven fornido, integrante del ejército romano, pese a su condición adolescente. Se trataría de un joven legionario romano, 14 años,ejecutado por decapitación el 12 de mayo de 304, por negarse a renegar de la fe cristiana. Su cuerpo fue recogido y enterrado por Octavia, que podría ser su hermana, una vecina o quizá su novia. Los romanos solían casarse apenas llegados a la edad adulta.
El rastro de su enterramiento se perdió hasta el año 500, y a partir de ahí y en el lugar de su martirio, surgió la que hoy es su basílica. Es un santo popularisimo en España, cuyo culto resurgir tras la crisis de 2009.
Tras la celebración de la misa, el padre Chirinos bendijo el agua, para luego rociar con el hisopo el perejil de San Pancracio, que es su hierba asociada. También se repartieron calendarios y estampas con la figura del santo, lo que produjo un instante final de felicidad. Ha sido un día único y distinto, de esos que quedarán siempre.
Nuestra misión es solo la del evangelista, que es dar cuenta y testimonio. Para que al final, cuando todo cambie, quede exactamente eso, el testimonio de lo que ocurrió, para que no todo desaparezca.









































