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     Cuanto más fina pretenda ser la teología, más imprecisas deben ser  sus descripciones, para aproximarse a lo intangible, la idea de Dios, más difusos deben ser los contornos de la definición. Tras ser elegido como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, el cardenal Ratzinger pronunció esta alocución:”Cari fratelli e sorelle, dopo il grande Papa Giovanni Paolo II, i signori cardinali hanno eletto me, un semplice e umile lavoratore nella vigna del Signore. Mi consola il fatto che il Signore sa lavorare ed agire anche con strumenti insufficienti e soprattutto mi affido alle vostre preghiere. Nella gioia del Signore risorto, fiduciosi nel suo aiuto permanente, andiamo avanti. Il Signore ci aiuterà e Maria sua Santissima Madre starà dalla nostra parte. Grazie”. Son unas palabras de humildad no impostada, pronunciadas el 19 de abril de 2005. Benedicto XVI presentaría su renuncia al Papado 8 años después, un 28 de febrero de 2013.

              La luz de la Fe (Lumen Fidei), una encíclica de finísima redacción, elaborada y estructurada por Benedicto XVI y culminada por su sucesor, el Papa Francisco, no fue suficiente para seguir afrontando las tinieblas que se habían apoderado de La Iglesia de Cristo, y que el propio Ratzinger, en su primeros días de pontificado, calificó como “una viña devastada por jabalíes”. Como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, puesto para el que fue nombrado por Juan Pablo II, ya era consciente de la situación interna de La Iglesia, de las ciénagas de las finanzas vaticanas, y de la espantosa magnitud de los casos de pederástia.

         En un libro de reciente aparición, Luz del Mundo, conversaciones con el periodista alemán Peter Seewald, dedica un capítulo completo a tratar este tema. Su reflexiones son demoledoras y muestran la magnitud del daño causado: “Ha sido estremecedor para todos nosotros. De pronto, tanta suciedad. Realmente ha sido como el cráter de un volcán, del que de pronto salió una nube de inmundicia que todo lo oscureció y ensució, de modo que el sacerocio, sobre todo, apareció de pronto como un lugar de vergüenza, y cada sacerdote se vio bajo la sospecha de ser también así”.

           El 24 de abril de 2005, en el inicio de su pontificado, Seewald recuerda esta plegaria de Benedicto XVI: “Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos”. Es tiempo de lobos y están por todos lados, y no siempre se muestran como tales. El pontífice Benedicto XVI  buscaba la luz, y se encontró con una tiniebla profunda. Tanta, que tras 0cho años de dura lucha, decidió abandonar y replegarse sobre su fe, de fino teólogo.

        ¿Qué cosa es la fe, dónde buscarla, cómo mantenerla tras hallarla?.  Lo que quiera que sea la fe, está en contacto y en relación con el mundo, y al igual que la fuerza de la luz o la magnitud de la tiniebla, se agranda o se repliega, según las circunstancias. Puede mantenerse de modo indefinido, puede erosionarse, transformarse o extinguirse por completo. La fe es dinámica, no es estática, salvo que se convierta en una fe fósil, adaptada a un ídolo o a una imagen.

      En la sutil  Lumen Fidei dice: En lugar de tener fe en dios, se prefiere adorar al ídolo, cuyo rostro se puede mirar, cuyo origen es conocido, porque lo hemos hecho nosotros. Ante el ídolo no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos tienen boca y no hablan. Es de una sutileza extrema. Para conocer su valor, la fe debe ser puesta a prueba, porque también se transforma. Quien tiene una mirada rígida, tendrá una fe rígida.