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Los confesionarios, como tales, solo existen en la Iglesia Católica. En el resto de religiones, el perdón de los pecados se obtiene de modo directo ante la divinidad. El confesionario fue un poderosos instrumento de control, durante siglos, de La Iglesia, y de su temible etapa del poder temporal. Ahora ya casi nadie los utiliza, entre otras cosas porque ya nadie siente la conciencia de haber obrado mal, o de haber cometido falta alguna. En nuestro tiempo se ofende a cualquiera, y se realiza cualquier mala acción, sin tener la más mínima sensación de culpa. Es raro ver a alguien que pida perdón, o sienta la necesidad de reparar algún mal comportamiento, alguna acción que haya resultado dolosa para otra persona. ¿Quién siente cargo de conciencia, quién la necesidad de arrepentirse?. El confesionario plantea problemas, sobre todo porque uno puede cometer una acción realmente dolosa, luego  limpiar su conciencia, y poner en paz su espíritu, con tan solo hacer un relato más o menos edulcorado, y recibir una leve admonición, acompañada de una soportable penitencia. El verdadero arrepentimiento, el verdadero cargo de conciencia es otra cosa.

Hay un libro titulado: “Los curas y la mafia”, en la que se analiza como la mayor parte de los componentes de la mafia italiana, son personas de profundos sentimientos religiosos. El libro resulta ser un análisis muy riguroso sobre esa “conciencia paralela” que permite sortear la realización de acciones realmente perversas, como la de matar.  La realidad es que en cualquier religión, en cualquier sistema ideológico, el bloqueo de la conciencia es algo fácil. No crea excesivos problemas. Hay mil y una forma de sentirse amparados, se haga lo que se haga.

Sin embargo, el confesionario  implica ponerse en análisis a uno mismo, el juzgar los propios actos, tomando conciencia de ellos, y buscar la manera de reparar el daño causado, o de no repetir el comportamiento doloso. Ocurre que La Iglesia ha evolucionado poco en cuanto a la comprensión de los problemas del mundo, y sigue ofreciendo planteamientos medievales a las cuestiones del mundo moderno. Hay problemas y situaciones de gran complejidad moral y ética, ante los que resulta muy difícil dar una respuesta adecuada, un consejo, o un instante de consuelo.

La religión quiso apropiarse de todos los valores morales y humanos, y al final la gente ha quedado o demasiado desamparada, o inmersa en sistemas de valores religiosos y políticos, que amparan cualquier cosa. Como colofón está el hecho de poner los propios problemas y pensamientos, frente a una persona, el sacerdote, que representa solo la mitad del mundo, pues faltan las mujeres. Además, ese sacerdote, ha decidido situar la mitad de su vida fuera de ese mundo al que pretende aconsejar, adoptando el celibato. Todo esto ha contribuido a dejar vacíos los confesionarios, no como instrumento de una religión una concreta, pero sí como un instrumento que podría resultar útil, para buscar la verdad acerca de uno mismo.