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                 Al ritmo y la luz tenue de las velas

             No es posible detener el tiempo, pero si tener la sensación de hacerlo durante un instante. Los templos antiguos o viejos sí transmiten la sensación de tiempo detenido entre sus paredes. Durante más de tres siglos, desde 1657, esta iglesia fue testigo de todo en Melilla. Hoy entre sus remozadas paredes no queda apenas rastro del pasado, salvo las imágenes, únicas testigos de sucesos, plegarias, angustias y alegrías. Acontecimientos que en su tiempo coparon conversaciones, hoy están ya completamente silenciados y olvidados. Nombres que lo fueron todo, no son ya más que una línea en un libro de historia, y de los más, ya no queda rastro alguno.

          Es necesario detenerse a veces, no pensar en nada. Alejarse del ruido por un breve lapso de tiempo. Encender velas, posar la vista sobre  lo que otros contemplaron hace siglos o décadas. Buscar las propias sensaciones, o huir de todas. Estos muros en silencio, en calma total, aislan del exterior. El olor de la cera es inigualable. En los templos actuales no se permiten, todo es frío e impersonal. No se busca el instante de calma, o de plegaria. Estar a solas, contemplar, es también una forma de oración. Fuera corre el tiempo. Solo hay que ver el espacio que media entre una y otra entrada en esta “capilla”, para darse cuenta y percibir su inexorable avance.

        Nada se detiene, pero a veces nosotros sí podemos hacerlo. En silencio, en ausencia de testigos, salvo de los que cuidan y atienden esta antiguo templo de piedra, que siempre es el mismo y también diferente. Que es completamente distinto para aquellos que lo miran. En esta visita, como siempre, hemos buscado imágenes y visiones diferentes. Ver lo mismo, pero de una forma diferente.