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       “Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es válido. Hay otro que da testimonio de mí y sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros enviásteis mensajeros a Juan y el ha dado testimonio de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre. Si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisísteis gozar un instante de su luz”.  Juan 5, 31-47

           Una vida se construye tras muchos años y circunstancias. Lo que da testimonio de nosotros son las obras, no lo que digamos. Aun así nunca habra unanimidad sobre nuestras acciones, por ello es mejor no preocuparse demasiado sobre lo que digan acerca de nosotros. La verdad suele resplanceder con el tiempo, aunque este sea largo. Los fariseos, los sanedrines, los sacerdotes de Jerusalén, acusaban con mucha dureza a Jesús, el Cristo, y le llenaban de insidias y juzgaban sus actos con extrema dureza. Ocurre exactamente igual en la vida cotidiana. Es muy dificil sustraerse a eso, o no ser objetos de juicios apresurados. En todo momento hay que hacer aquello que consideremos necesario, sin preocuparnos de cómo vaya a ser interpretado, o si será entendido. Tampoco nosotros debemos preocuparnos del que está a nuestro lado, o de por qué hace las cosas. Hay personas que no se enfrenten a dilema alguno a lo largo de toda una vida, y nada se les puede reprochar por ello. Hay otros que deben someterse a pruebas casi en cada circunstancia.

            Es muy dificil liberarse de estas ataduras, porque hay una fina línea que separa el hacer aquello que se cree necesario, sin buscar daño o perjuicio para nadie (solo porque debe hacerse) y las acciones de quienes hacen todo sin que les importe lo que ocurra a su alrededor. Al final, todos creen actuar de modo correcto. Lo que está escrito es solo lo que está escrito. De nada sirve saberse todas las leyes, ya sean divinas o humanas, si luego las acciones personales no concuerdan con nada de aquello que está escrito.

            Escribas, fariseos, sanedrines, publicanos, ricos, malvados, ladrones, todos en conjunto, creen hacer lo correcto en todo momento, y esto supone un gran problema. La gente empieza a no creer en nada, porque no ve acuerdo entre aquello que se dice y proclama, y las acciones posteriores. “Haced lo que ellos dicen, pero no hagais lo que ellos hacen”, decía Cristo de los fariseos.

            ¿Quién es quién para juzgar nadie, como distinguir unos grupos de otros?. Se ha marchado un Papa, Benedicto XVI, envuelto en dudas profundas…”El Señor nos ha dado muchos días de sol y ligera brisa, días en los que la pesca fue abundante, pero también momentos en los que las aguas estuvieron muy agitadas y el viento contrario, como en toda la historia de la Iglesia y el Señor parecía dormir”.

           Teresa de Calcuta también se hundió en la oscuridad: “Yo llamo, me aferro, quiero, pero nadie responde, nadie a quien agarrarme, no, nadie. Sola, ¿dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo, no hay nada, excepto vacío y oscuridad, mi Dios, qué desgarrador es este insospechado dolor, no tengo fe..Tantas preguntas sin responder viven dentro de mí con miedo a destaparlas por la blasfemia. Si hay Dios, por favor, perdóname”.

          ¿Dónde está la luz, cómo encontrarla, cómo ver en la oscuridad?. ¿Quién responde en medio del silencio?.

      Nota: ttp://www.milenio.com/cdb/doc/noticias2011/b69e2406ddc3e280043cfbbb8e314fb8