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¿Qué es la noche oscura?. Mi alma está triste hasta la muerte, dijo Jesucristo en Getsemaní. “Me siento perdida. Dios no me quiere. Dios podría no ser Dios. Podría no existir”, escribirá Teresa de Calcuta  en una de sus angustias más profundas. Benedicto XVI, el Papa que renunció a la silla de Pedro afirmó: “Las aguas bajaban agitadas y Dios parecía dormido”. Son tres expresiones duras de la noche del alma, que manifiestan la angustia del espíritu ante la ausencia de respuestas, ante situaciones clamorosas que así lo demandan. Cuando alguien llega a esa punto, toda certeza interior queda reducida a cenizas. El fuego de la duda arde con igual y uniforme intensidad y no es posible aplacarlo. Solo plasmarlo, conseguir expresarlo mediante palabras o pensamientos, puede mitigar en algo esa angustia tan intensa y dolorosa. Es la zarza que arde y no se consume, el fuego inextinguible que acompaña ya siempre al que ha llegado a ese instante hondo e intenso, en donde el alma se queda sola, y en silencio, frente a la oscuridad más absoluta.  Nadie responde, no se oye ninguna voz, ni exterior, ni interior. La luz no aparece. ¿Cómo se sale de allí?. Quien ha vivido esa experiencia y logra levantarse queda transformado. A veces el peso de certezas  exteriores, impuestas por las ideologías y las religiones, aplastan más que la propia duda. La certeza que ayuda es la de la experiencia. Solo cuando se ha vivido algo se sabe qué hacer después, o como enfrentarse a ello. No hay una única noche oscura, hay muchas, suelen ser constantes. Casi tantas como las veces que uno logra levantarse del fondo. En ocasiones, la noche oscura sirve para despojarse de falsas convicciones, al igual que el alcornoque se deshace de sus capas secas, que son transformadas en corcho, y el corcho es ligero y flota. La noche oscura es solo silencio. Lo que quiere expresar esta entrada. No hay respuestas. No hay nada que decir. Solo aguardar a que la oscuridad se disuelva.