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            Mateo 3, 13-15

    Por entonces Jesús viene desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intenta disuadirle diciendo: “Soy yo el que necesita que Tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?: Jesús le contestó: <Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia>.

       Muchos y muy buenos exegetas de los evangelios, de los que distamos mucho de estar cerca, le han dado cientos de vueltas a esta última frase. Ambos sabía que no precisaban de ser bautizados, que Juan no era quién para bautizar a Jesús, y que este último no precisaba de someterse a semejante ritual. El bautismo es un rito, una inmersión purificadora en el agua. Sin embargo, todo precisa de una doble actitud, la interior y la exterior. Para ser purificado, hay que estar dispuesto desde el interior, y cumplir así toda justicia.

La inmersión purificadora debe ser realizada de modo constante, da igual el lugar, cuantas veces sea necesaria, y en lugares distintos. Es una sensación interior de frescura que aporta el agua. La vida, los acontecimientos que nos rodean y en los que nos vemos inmersos, limitan nuestros movimientos y nos hacen estar más pendientes de lo fútil, que de aquello que aporta vida y sensación de renovación. Nos apegamos a las cosas y nos anclamos a ideas fijas que reducen nuestra capacidad de observación. Buscamos y vemos solo aquello que queremos ver y encontrar. Solo nos sirve lo que nos reafirma y desechamos lo que nos incomoda y pone en cuestión.

Cualquier intento de explicar más esto, es intentar sumergirse en aguas heladas. Hay respuestas que cada cual debe buscar por sí mismo.