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             El evangelio de Juan es especialmente hermoso y teológico. Es el evangelio de la luz y también del agua. Es el más tardío de todos los escritos, mediados del siglo II y sin embargo, contra toda lógica, aporta los detalles más precisos. Esto solo tiene dos lecturas, una es que utilizó fuentes desconocidas (cosa improbable), o es realmente un testimonio literario. Eso sí, como literatura religiosa es casi de la mejor posible.

               En cualquier caso, lo que nos interesa narrar aquí es el diálogo entre la mujer samaritana y el propio Cristo, que le pide agua a una mujer de Samaria: “Dame de beber”. La mujer samaritana le respondió: ¿Cómo tú siendo judio, me pides de beber a mí, que soy samaritana?. El diálogo posterior, narrado en el inicio del capítulo 4 es sorprendente por su precisión y hondura.  La mujer le dice: ¡Señor, si tu no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar tú el agua viva?. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, del que bebió él, sus hijos y su ganado?.

          Jesús responde: Todo el que bebe agua de ésta volverá a tener sed; en cambio, el que haya bebido el agua que yo voy a darle, nunca más tendrá sed; no, el agua que yo voy a darle se le convertirá dentro en un manantial de agua que salta dando vida definitiva.

         ¿Que ocurre pues?. Que importa encontrar el manantial, beber y también y sobre todo, tener donde guardar el agua, que es el espíritu.¿Por qué?. Porque vendrán tiempos duros, tiempos de sequía y el espíritu debe tener de donde poder abastecerse. El agua del embalse no estará siempre rebosante, a veces incluso se llegará a ver el fondo