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           Llegada la tarde. Él estaba allí solo. Mientras tanto La barca se hallaba ya muchos estadios lejos de tierra, azotada por las olas, porque era contrario el viento. A la cuarte vela de la noche fue a ellos caminando sobre el mar. Al verle los discípulos caminar sobre el mar , se turbaron y dijeron: ¡Es un fantasma!. Y de miedo se pusieron a gritar. Mas enseguida les habló Jesús, y les dijo: ¡Ánimo!. ¡Soy yo!. ¡No temáis!. Mateo 14, 23-27

            No es el discípulo más que el maestro, ni el siervo más que su señor. Bástele al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al señor de la casa llamaron Beelzebúl, ¡cuánto más a sus domésticos!. No los temáis, porque nada hay oculto que no haya de revelarse; ni escondido que no haya de saberse. Lo que os digo en la oscuridad, publicadlo sobre los terrados. Y no temáis a los que pueden matar el cuerpo y que no pueden matar el alma; sino temed al que puede matar perder el alma en el fuego del infierno. ¿No venden dos pajarillos por un as?. Sin embargo ni uno solo de ellos caerá en tierra sin disposición de vuestro Padre. Mateo 10, 24-29

            Hasta que no han llegado estos tiempos implacables, de tiranía, no había entendido en toda su magnitud el alcance de este anatema que hace alusión a aquellos que “matan el alma”. Se puede seguir vivo y ya no importar nada, y eso es peor que estar muerto, porque la muerte es la paz. Después de ella ya no hay sufrimiento. Sin embargo, vivir y ser insensible al dolor y el sufrimiento social que nos rodea (y que nos ocultan), es estar muerto en vida, pero peor aún es que ni siquiera surja el reproche o la rebeldía frente a aquellos que están causando esta situación. Peor todavía es que aquellos que son la causa de estos tiempos desgraciados, y de tanta amargura y de tanto dolor social, ni siquiera se sientan afectados, o responsables de lo que están haciendo. No modifican sus comportamientos, no esconden sus actitudes. Es una situación intolerable.