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                               Monseñor Buxarrais culmina su etapa en Melilla

            De ninguna historia puede decirse que el final esté escrito, pero la larga etapa de monseñor Ramón Buxarrais Ventura en Melilla (1991-2017) parece haber llegado a su fin este 22 de septiembre, día de san Emérito. Han pasado 26 largos años desde su llegada a la ciudad, superando los 20 años que ejerció como obispo en Málaga (1971-1991). De no haber sido por su inesperada dimisión, en unos tiempos en los que eso era impensable, lo más probable es que hubiese alcanzado la púrpura cardenalicia. Él quiso dejarlo todo y venir a Melilla con los pobres, con los necesitados. Era una ciudad que conocía bien, pues la había visitado frecuentemente en sus visitas pastorales como obispo de la Diócesis.

          No podemos saber lo que pasa por la cabeza de una persona, ni qué la lleva a tomar una decisión tan irrevocable, y sobre todo tan firme. Desde el primer momento afirmó: “vengo a Melilla para quedarme”, y su intención era morir y ser enterrado en la ciudad.  Aquí podemos ver claramente que los planes personales son los que son, pero los de Dios pueden ser distintos y tener otros tiempos y momentos. El infarto agudo de miocardio que sufrió el día 13 de septiembre, a sus 87 años, pusieron a monseñor Buxarrais en una situación crítica de salud.  Tan solo 10 días después del accidente vascular, el padre Ramón Buxarrais ha abandonado la ciudad en la que decidió residir hasta su postrer día, camino de Málaga, en donde tomará el descanso que aquí se había negado a sí mismo.

          El Centro Asistencial de Melilla ha cambiando mucho desde su llegada hace casi tres décadas, mucho más todavía desde que la Hijas de la Caridad lo abandonaron en 2011. Ya no era la “isla de fe” que el había imaginado, y que también contribuyó a consolidar y dar forma. Aunque ahora repose y se reponga en Málaga, en la residencia del Buen Samaritano, de alguna manera queda aquí para siempre. Esa parte de lo que afirmó se ha cumplido. En la ciudad queda la memoria y parte de su legado.

                                   El hombre que quiso evitar la soledad

                En sus muchos libros y publicaciones ofrece abundantes claves y datos personales, eso sí, muy repartidos. Cuando fue nombrado obispo de Málaga es abandonar el Palacio Episcopal y trasladarse a una residencia de monja, esquema que repitió en Melilla. No quería estar solo, pero siempre la soledad le acababa alcanzando, pese a sus muchos contactos y amistades. Eso es lo que ha ocurrido en el Centro Asistencial. Al abandonar las monjas el Centro en noviembre de 2011, ideó la misa diaria de las 10 de la mañana, para sentirse más acompañado. Me acuerdo cuando me abordó en el jardín de la capilla y me comunicó su decisión. Durante muchos días, semanas, meses y años le acompañé en algunas de esas misas (dos veces por semana) a las que apenas acudían cuatro o cinco internas residentes. En ocasiones solo una mujer atravesaba el patio para acudir al oficio religioso. La misa de los domingos era distinta y se nutría de los vecinos del barrio. A ese pequeño grupo le llamábamos “la comunidad del padre Buxarrais”.  En los dos últimos años se consolidó una asistencia estable diaria de entre 10 y 20 personas. Todo cambió mucho a lo largo de estos 7 años. Al principio solo había mujeres, y en la última etapa era una mayoría de hombres, sobre todo a partir de 2015.

       Su actividad no se limitaba solo al oficio de la misa, sino que también acudía a procesiones, a otros actos litúrgicos, o sustituía a otros sacerdotes en otras parroquias de la ciudad, como la Castrense o la Arciprestal, a la que acudía un jueves de cada mes, para adorar al Santísimo. Sin embargo, su acción más emblemática era la fundación de una escuela de niñas en Cabo de Agua (Marruecos), a través de la Ong INSONA (Iniciativa Solidaria de Nador), en la que le ayudada una mecenas, cuyo nombre nunca desveló. Mucha actividad para una persona de su edad.

                                  Los últimos meses en Melilla

        Nunca faltó a su misa, salvo en sus dos breves periodos vacacionales en los que siempre se trasladaba a Barcelona. En los últimos meses se le veía muy cansado, casi sufriendo, y se evidenció cierto deterioro físico. Todas las mañanas, de modo invariable, meditaba en soledad antes de iniciar la misa. Algunas veces casi se hundía en la meditación. En ocasiones perdía el hilo litúrgico, pero daba igual porque se encontraba en familia. Había trabado una solidad y sincera amistad con el Vicario Episcopal Roberto Rojo Aguado, con el que desayunaba cada mañana. Deja en la ciudad un rastro imborrable. Solo cabe esperar que en el próximo tiempo se recupere bien y lo pase en paz y compañía. Siempre con sus célebres frases, siempre acompañado de su fiel Afou, inmigrante llegado a Melilla en 1992 desde Senegal, y que era su ayudante.