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             “Los oprobios desgarraron mi corazón y desfallecí. Esperé quien se condoliese conmigo y no lo hubo. Y quien me consolase y no lo encontré. Para comer me dieron hiel y para beber vinagre”

             Una sola procesión, algo más de mil personas en las calles de Melilla. En procesión “La Sentencia”, con el Nazareno de Melilla la Vieja.  Es una talla del siglo XVIII, traída hasta Melilla en 1945, desde el Peñón de Alhucemas, poco antes de que la Isla quedase deshabitada. Desde esa fecha está en la Iglesia Patronal de la ciudad, la de la Purísima Concepción.

            La fe de Cristo mengua en la ciudad, ya no es la primera religión, sino la segunda de las religiones melillenses. Aquí sí lo podemos escribir porque este es un lugar pequeño y alejado de las miradas. Todo permanecerá, pero este es el año de la adaptación a la nueva realidad social. Lo pasos van acompañados, cono pocos nazarenos, con los porteadores justos, con la Banda de música, con su grupo de fieles tras el paso. Nada falta y nada sobra. Una sola procesión, un solo paso, una sola fe.

         El suave olor del incienso llenaba el espacio vacío. La música procesional conecta con otra realidad, aunque sea por un momento. Este año, 2018, la Semana Santa ha empezado el Lunes. El Domingo de Ramos el vendaval y la lluvia hicieron imposible los tradicionales desfiles de apertura de la semana de Pasión. Por eso cada semana santa es distinta, no hay nunca dos iguales. Siempre se añaden o restan matices, acontecimientos, personas. Todo cambian para que también todo pueda permanecer, al menos la esencia, el sentido. No vivimos nunca las cosas de igual manera, incluso aunque sea el mismo observador. Nada es igual una y otra vez, en ningún lugar, en ningún momento.

       Estamos aquí dando testimonio de lo que vemos, para que otros/as, en el presente y en el futuro, también puedan contemplar lo que nosotros vimos, lo que estamos viendo.  Son tiempos de pasión.