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                                      El último testigo

Atended y guardaos de toda codicia; porque aun cuando uno ande sobrado, no pende su vida de los bienes que posee. Lucas 12, 15

                        El padre Rafael López Cordero es el último testigo de todo cuanto ha sucedido aquí. Cuando el Ordinario decida su relevo, ya  no quedarán más referentes, y entonces todo este presente será historia. Ya no está monseñor Buxarrais, ni el vicario Roberto Rojo, pero los tres, y los que asistimos a aquella ceremonia, pudimos ver la reposición del culto al Cristo de Limpias, abatido por la herejía iconoclasta en 1989. La iglesia también ha sido reformada al completo, y también han sido borradas sutilmente las huellas que dejaron quienes tenían un concepto muy personalista de la iglesia, como el amontonamiento de piedras bajo el altar. Han regresado los santos a las paredes y al culto en San Agustín. La iglesia está renovada físicamente y se le han insuflado un nuevo espíritu, el diocesano o común a todos. Esta parroquia vuelve a ser de todos. Todo este trabajo ha correspondido al padre Rafael López, párroco de San Agustín desde julio de 2014 y vicario parroquial de Melilla desde diciembre de 2015.

                                         La parábola del rico necio

              Si uno se aleja del centro de poder, de la catedral y sus movimientos y pasillos, o de la iglesia arciprestal, todo se vuelve más tranquilo, no hay tanto torbellino, o son menos visibles. El evangelio del día hacía referencia a la parábola del rico necio. La advertencia de Jesús, recordado por el padre Rafael, sonaba clara: “Atended y guardaos de todo tipo de codicia”. ¿De qué tipos de codicia hablamos?. Las más reconocida son las de dinero y la de poder, pero hay otras más no menos importantes y devastadoras para el espíritu, la del reconocimiento social, la de alcanzar un estatus o una posición reconocida. Por ellas los hombres y mujeres se vuelven taimados y se apropian de lo que pudiera corresponderles a ellos, y también a otros. No solo se apropia uno de dinero, también de ideas, y de trabajos ajenos. Cuando la codicia se instala en el alma, se vuelve ladina y falsa, como Caín, que al ser preguntado por Dios le respondió: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?.

           El rico necio ya tenia, estaba sobrado, pero ansiaba lo ajeno, lo de su hermano, y por ello se preocupaba si repartiría con él su herencia. “Pensad que la vida es más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido”, advierte con claridad la parábola. Al Más Allá no se va con absolutamente nada. Todo el revestimiento con el que se adorna el poderoso, el rico, el codicioso, se quedará aquí, irremediablemente. Una y otra vez repitió el padre Rafael López esta advertencia. Se pedirá cuenta por todo, aunque muchos no lo crean, aunque nadie piense que estas advertencias se dicen por ellos, o por cada uno de nosotros. ¿Por qué hiciste esta o aquella acción?, ¿por tu fama, por tu vanidad, por tu codicia, por ser conocido?. Entonces ya tuviste tu recompensa, pero nada de eso será tenido en cuenta.

                                         El regreso de los santos

             En una iglesia de barrio, la de San Agustín es la última, pues todas las demás están cerradas, el ambiente es más tranquilo en este momento. Los vendavales y las turbulencias se han notado menos. Aquí hubo lo suyo, en tiempos de la herejía, que socavó el ánimo de muchos sacerdotes y también amenazó a algunos párrocos. Fue uno el que me abrió la puerta a aquellos secretos que estaban guardados en un armario, junto a los santos. Las paredes quedaron vacías, como en las iglesias luteranas, la de Lutero, el grandísimo hereje. Fue el propio Papa Francisco quien denunció a los arribistas, a los que se acercaban a la Iglesia a medrar y hacer carrera. Ese es su tipo de codicia.

                 San Agustín se ve ahora como una parroquia muy digna, adaptada a los nuevos tiempos, luminosa, en la que las imágenes de los santos han regresado: Santa Teresa, San Vicente de Paúl, San Nicolás, San Sebastián. Ahora el Crucificado está acompañado por la Madre, pero sobre todo regresó el culto que la distinguió de cualquier otra parroquia existente, el del Cristo de Limpias. Todo esto tiene un artífice, el sacerdote diocesano Rafael López Cordero.

                  Todo ya está escrito. No escribimos por cuenta de nadie. Nada se perderá. Todo queda ya fijado para siempre. Es hora de redactar el nuevo evangelio.