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La villa de Turégano se encuentra apenas a 30 kilómetros del río Duero, la marca alta del Califato de Córdoba. Los restos de las impresionantes torre califales así lo atestiguan. Desde la invasión musulmana de 711 hasta la ocupación definitiva cristiana de Simancas en 939, la zona al norte del Duero fue de hecho una tierra de nadie “el desierto del Duero”. Son tres siglos en los que las tropas califales no tuvieron nada que les hiciera frente. No existe nada a lo que se pueda calificar como reconquista (de modo organizado y continuado), salvo ajustes del territorio, resistencia y alguna ocupación de territorio abandonado, como León ocupada por Ordoño I en 856. Alfonso III establecerá la frontera en el Duero a finales del siglo X.

Los Reinos cristianos del Norte solo empezaron a rebasar el Duero a partir del año 1031, con la caída del Califato, el desmembramiento de las Taifas, y la entrada masiva de los Almorávides en 1086, que derrotaron a Alfonso VI en Sagrajas (Badajoz) llamada también de Zalaca. Tras la conquista de Toledo en ese mismo año, la frontera quedó ya establecida en el río Tajo. Los musulmanes hispanos ya no volverían a rebasar ese límite natural. Lo que sí puede llamarse ya “reconquista”, empieza a partir de 1086, con la conquista de Toledo, la antigua capital visigoda.

A partir de esa fecha, ya sí sería un “todo o nada”. Con los almorávides y almohades empezaron la guerras de religión. Su visión y mundo ya no era el del Islam califal.

Cristo Pantócrator en Turégano

Turégano es una villa episcopal en origen, por eso su escudo tiene capelo y borlas laterales. Hasta Toledo, el centro religioso de los Reinos cristianos era Santiago, que desplazó a Oviedo, pero la recuperación de la capital visigoda cambió el centro religioso peninsular. En 1118, ya asegurado el territorio, el obispo de Toledo nombró consagró a un obispo en Segovia, que todavía no lo tenía en propiedad. En este época, 1123, los obispos eran clérigos y militares, tan diestros con la espada como con la cruz. En ese año, Pedro de Agén, fue nombrado como primer obispo de Segovia y recibió la villa de Turégano como propiedad, iniciando la construcción de un palacio o casa episcopal, dentro de los límites de la casi recién conquistada alcazaba califal. Allí se edificó la primera iglesia, dedicada a San Miguel, sobre los restos y con los materiales abandonados de la antigua fortaleza musulmana y sus dependencias militares. Todavía impresiona atravesar por el interior de los adarves, construidos hace un milenio.

Este año nos recibió el párroco de Santiago de Turégano Antonio Conde, muy versado en la historia de su iglesia, que cuenta con un ábside románico del siglo XIII, con su correspondientes figuras de piedra y policromía original. Las figuras de Santiago apóstol y el Cristo Pantócrator en su excelsa majestad, son equiparables artísticamente a las del pórtico de la Gloria en Santiago de Compostela.

El misterio insondable es cuando y porqué se tapó el claustro románico, con un retablo barroco. Fuese cual fuese el motivo, convirtieron el lugar en una cápsula de tiempo, que preservó las figuras de modo milagroso, hasta el año 1991, cuando al hacer una obras en la iglesia de Santiago, se redescubrió el lugar, tras varios siglos de olvido completo.

La presencia de una puerta dedicada a Santiago Apóstol, e incluso de una concha de peregrinación, indica que hubo una ruta de peregrinación hacia el Sur, cuando ya el proceso de la reconquista tomó cuerpo religioso e ideológico. Por esta iglesia de Santiago pudieron pasar el obispo Jiménez de Rada en su camino hacia las Navas de Tolosa en 1212, incluso el mismo rey Fernando III, en su ruta hacia la conquista de Córdoba, Sevilla y Jaén, que cerró para siempre la frontera en el Guadalquivir, y que selló el destino de la invasión musulmana, con la expulsión completa de los almohades.