


Hemos creado una expresión nueva, así lo recoge la IA de Google: «el hacha de Satué» se utiliza principalmente en el ámbito eclesiástico y de opinión en España como una metáfora para referirse a la reestructuración profunda y la destitución de cargos llevada a cabo por monseñor José Antonio Satué Huerto, obispo oscense de la Diócesis de Málaga y Melilla. [1] Y seguidamente añade: El contexto de su uso: Se popularizó a raíz de las firmes medidas tomadas por el obispo tras destaparse escándalos de abusos en Melilla. Ante los fallos en los sistemas de vigilancia interna previos a su mandato, el prelado aplicó «el hacha» de manera figurada para renovar por completo el organigrama y el territorio arciprestal.
Estamos sumamente orgullosos, aunque nadie nos valorará esto. Al menos la IA cita hasta las fuentes de los artículos y los incorpora a su información. O sea, que ya es lícito decir: «utilizó el hacha de Satué» para decir que ante un problema amplio y extendido, no se conforma uno con cortar las ramas, sino que lleva la hoja del hacha hasta la base del árbol. Aquí ya no estaríamos hablando de podas, en el sentido en el que lo utilizaba san Bernardo de Claraval: «Creedme: Lo que se ha podado retoña; lo ahuyentado vuelve, lo extinguido se enciende; lo adormecido despierta otra vez. Poco es , pues, podar una sola vez; es necesario podar muchas veces, continuamente, si es posible; porque, si bien te examinas, siempre hallarás alguna cosa que podar». Esto de lo que hablamos es tala, desde la raíz del mal, desde la misma base del árbol, tal y como lo señalaba el Bautista: «Ya está el hacha puesta en la raíz de los árboles, y todo árbol que no de buen fruto, será cortado y echado al fuego». Mateo 3, 10. Puede emplear esta frase cuando quieran, que fue creada en el sistema de blogs y redes, del Alminar de Melilla.
Satué es una pequeña localidad de Huesca, cercana a Sabiñánigo, que cuenta en la actualidad con 14 habitantes. Está a pocos kilómetros de los Pirineos, en las tierras frías del norte oscense. Tiene una iglesia famosa, de gran interés histórico, que es la de San Andrés. Está claro que el apellido Satué procede en origen, de ese lugar. En un museo etnográfico de la zona, existe un objeto denominado como el hacha de Satué. Pero nuestra idea no procede de ahí.
La historia del hacha de Satué
Monseñor José Antonio Satué Huerto es un clérigo de Huesca (1968), que alcanzó la dignidad episcopal en la Diócesis de Teruel-Albarracín, de la que fue su titular desde 2021 a 2025. En ese último fue designado como obispo de Málaga, una Diócesis de gran vistosidad, pero sin ser tan complicada como la de Sevilla, o más tradicional como la de Granada. En solo un año, ha visitado Melilla 4 veces, casi tantas como el anterior obispo en todo su largo mandato. En febrero de 2026, acudió a la iglesia de San Agustín del barrio del Real, para dar a conocer su proyecto, en compañía del Vicario Eduardo Resa, y del párroco Andrade. Allí, ante un centenar de fieles, el nuevo obispo de Málaga reconoció que iba a haber cambios, «pero que serían graduales, porque «no era partidario de revoluciones». Pasada la Semana Santa del presente año, se conoció la fecha del juicio contra el sacerdote depredador sexual, en la Diócesis malacitana, que ya llevaba 3 años en prisión. Procedente de Vélez Málaga, hijo de una ex religiosa clarisa, pasó por varios destinos hasta llegar a Melilla en 2022, en donde solo estuvo un año. Este hecho escandaloso, trastocó los planes de monseñor Satué, que decidió sacar «el hacha del Bautista» de la funda, y como buen montañés, la dirigió a la base del árbol podrido. Desde el mes de junio ha renovado a 100 párrocos y cargos episcopales, de las 250 parroquias que componen la diócesis malacitana. La renovación, con erre de revolución, supone darle la vuelta a casi todo el territorio diocesano. Ahora mismo nadie está seguro.
El hacha de Satué sigue fuera de la funda y posada sobre el tocón. La expresión ya puede ser usada con el sentido descrito, y pasará al acervo común en poco tiempo. Ahora, el nuevo obispo, además de la lectura de cada nombramiento, exige la profesión de fe, leída en público y frente a testigos, a cada párroco, vicario o nuevo cargo nombrado. También y de modo visible, usa el báculo episcopal, en los oficios religiosos que preside.