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Son 15 años y 16 procesiones sin faltar a ninguna. Hemos visto todo y todo, pero nunca habíamos visto tan poco gente escoltando el recorrido de la Patrona de Melilla, la Virgen de la Victoria, en un recorrido extraordinario y más largo que nunca. Nunca habíamos visto a tanta última presencia procesional. Apenas unos días antes de la procesión, se dieron a conocer los radicales cambios que el nuevo obispo de Málaga, José Antonio Satué, había decidido para el territorio del arciprestazgo melillense. El golpe, cuando es ciego y se lanza sobre la base del árbol, como decía el Bautista, acaba con todo, ya sean ramas (secas o verdes), y con el propio tronco. Hemos visto podar así y todo el cuerpo del árbol se estremece. Cae todo con gran estruendo y ya nada vuelve a ser lo mismo. Ocurre a veces, y con más asiduidad de la que se pretende, que el mal permanece, aguanta y se repone, pero los pajarillos que anidan en sus ramas, no vuelven y buscan otro asentamiento. Pero está todo escrito: «Malditos, ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira que os amenaza?«, clamaba el Bautista. ¿Quién los avisa, cómo se camuflan y logran asirse y flotar sobre una de las ramas caídas? La misma madera que sirve de leña para el fuego, también es utilizada como salvavidas. Es la inevitable dualidad de las cosas, que sirve a todos, tanto al bien, como al mal.

Ni una falta en 15 años, que nos ha dado ocasión de ver ese lento y gradual abandono de público hacia la procesión patronal. No habíamos visto tantas cambios en una sola procesión, en dónde los congregantes eran casi más que el público asistente, y eso que había pocos, tanto de uno como de otro grupo. Siempre, y a lo largo de todos estos años, con generosidad, hemos escrito y aludido a los 1000 de la Patrona de Melilla, pero lo cierto es que a veces no se llegaba a esa cifra. Y eso que no hemos contado que en este mandato de 16 años, en cuatro consecutivos la imagen devocional de la Patrona de la ciudad, no salió a la calle. Hecho sin parangón desde que se inició el tiempo de procesiones. Hasta el siglo XX, con la edificación del centro urbano, la Patrona no bajaba a lo que se conocía como «el llano». La imagen de la Victoria ha estado siempre en Melilla la Vieja. Por eso hay que tener cuidado cuando hablamos de tradiciones, porque hay que precisarlas mucho.

¿A qué hay que atribuir esta falta de congregantes y de seguidores públicos? La idiosincrasia de la ciudad influye, pero no es determinante, porque en las procesiones de semana santa, a las que también hemos asistido, se ve perfectamente cuáles son las hermandades y cofradías que tienen más adeptos y seguidores, independientemente del número de tronos o pasos procesionales que saquen a la calle. La clave está de modo ineludible en la propia gestión de la junta de gobierno, y del grado de participación que ofrezca, tanto a los propios como a los ajenos. Las cofradías son asociaciones públicas de fieles, con entidad jurídica, y sometidas sin excepción al Código de Derecho Canónico. Los cargos en las hermandades y cofradías están limitados a dos mandatos, de cuatro años cada uno. La norma canónica no dice más, por lo que lo habitual es que estos puedan ser alternados por familiares de primer o segundo grado, en distintos periodos de tiempo. Esto no estimula la participación ni las incorporaciones de nuevos hermanos/hermanas o asociados. Hay todo tipo de casuística al respecto y acaban convirtiéndose en círculos muy cerrados, en los que es muy difícil moverse sin despertar recelos, o abrir ventanas. La realidad final en nuestra ciudad es que estas asociaciones no alcanzan los 100 asociados activos, y a veces esa cifra es alta. Solo hay dos hermandades que los sobrepasan. En el caso de la Congregación de la Patrona de Melilla, son ya 16 años en los que permanece al frente la misma familia. Esto ha pasado en otras, en alguna no hay ni siquiera elecciones, y en algún caso se han acumulado varios mandatos con alternancia, hasta superar los 30 años en la directiva.

La procesión de la Victoria, Patrona de Melilla

La asociación de fieles, hermandad o congregación que tiene más prestancia en Melilla es indudablemente la de la Victoria, junto con la de los Dolores en semana santa, porque se trata de procesiones oficiales de la ciudad, a las que acuden las autoridades civiles y militares. Reciben subvenciones públicas y por tanto, deben fomentar la participación ciudadana. Es algo que nos atañe y compete a todos. La subvención es otro de los males, porque aunque asegura la supervivencia, no fomenta la búsqueda de nuevos asociados, hermanos o congregantes, con lo que su número se van reduciendo, y pueden acabar dominadas por núcleos personales, que no admitan renovación alguna. Los convenios de subvenciones públicas deben exigir trasparencia y fomento de la participación libre. En otra cofradía muy conocida, el mayor conocedor del mundo eclesiástico y cofrade acabó yéndose aburrido, de una asociación que no alcanza los 60 participantes. En la casa totalidad de los casos, ya no hay siquiera candidatos alternativos. Todo esto lo debe vigilar la autoridad eclesiástica local. No se olvide que un Vicario es el equivalente a un Director provincial, pero con un sueldo 5 ó 6 veces inferior.

El recorrido, la petalada y la casa de Franco

Se sea creyente o no, se trata de un símbolo de la ciudad, que además fue designada en 1997 como alcaldesa perpetua. Entonces, nos cabe opinar. No hay ninguna objeción al recorrido, que este año atravesaba el parque, como propuesta del Vicario Eduardo Resa, en su último desfile procesional. Solo hay una manera de evitar la casa del comandante Franco en la calle Castillejos, y es girando por la calle del general Marina, y subiendo o bajando por Sidi Abdelkader. Hacerlo por ahí supone correr el riesgo de que la procesión se pare en ese punto, y la fotografía se ofrezca sola. Sin necesidad de buscarla ni de intencionalidad ninguna. Estuvimos en ese lugar, y los integrantes de la procesión sentía incomodidad y evitan mirar hacia el edifico, y su placa de conmemoración. La petalada, no tradicional, en la Comandancia de Melilla, justo en el 90 aniversario del inicio del Alzamiento o sublevación militar contra el Gobierno, que se inició en ese mismo edificio, debió haberse evitado a toda costa. Afortunadamente las autoridades militares, con más conciencia que la directiva de la Victoria, evitó cualquier presencia en el balcón, que hubiese levantado un polvareda superior a la petalada, que resultó irrelevante.

Es más simple. No se pueden hacer estas cosas con la imagen que representa a la ciudad de Melilla, la virgen de la Victoria, que es coronada y también alcaldesa. Y si se hacen, debe haber consecuencias. El hacha de Satué puede que solo haya empezado su trabajo en el territorio arciprestal melillense.