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              El siempre bendito Joao Cidade Duarte, portugués, nacido en la villa de Montemor o Novo, perteneciente a la diócesis de Évora, la misma que la de la también  bendita Beatriz de Silva; nació en 1495, seis décadas después que la santa portuguesa (1436). De alguna forma, recorrieron una camino con muchas similitudes, tanto en el ámbito geográfico como el espiritual. Dos hijos de Portugal, convertidos en grandes estrellas del santoral cristiano, dentro del mismo suelo ibérico, pero en la nación de Castilla.

                Recorre ahora el mundo literario y cultural un cierto apasionamiento por la Edad Media, que fue un tiempo muy largo, duro e implacable para con aquellos que no tenían medios de vida, que constituían casi toda la población. El principal hecho que marca la diferencia con nuestros tiempos es la ausencia de hospitales y de tratamientos médicos para las enfermedades y para los enfermos.

        Los heridos en los campos de batalla no se curaban, sino que se remataban. Los soldados supervivientes recorrían el escenario de guerra, en busca de heridos graves e irrecuperable, procurándoles una muerte piadosa. Las heridas por armas blancas eran  tremendas, y el escenario de una batalla era lo más parecido a una imagen del infierno. Con las epidemias y enfermedades ocurría otro tanto. Los llamados “hospitales” eran en realidad en “depósitos” de moribundos agrupados por enfermedades, que morían sin recibir tratamientos de ningún tipo. El único alivio posible era una muerte rápida y con pocos dolores.

         Joao Cidade, se enroló como soldado, en una de las guerras más cruentas de Europa, las que sostuvo el emperador Carlos I en los Países Bajos, de las que resuenan sobre todo dos grandes nombres, Breda y Flandes. El impacto de las muertes espantosas en los pantanos de holandeses, le provocó un gran deterioro psíquico. Un estado traumático que hoy conocemos como “estrés o fatiga  post combate”. También fue testigo de la primera revuelta de los moriscos andalusíes, en la  1ª Guerra de Granada.

             Un siglo después que santa Beatriz, pisará al igual que ella la ciudad de Ceuta, deambulará por Ávila y Gibraltar hasta recalar en Granada, en donde se dedicará con pasión al cuidado de enfermos, ya con el nombre de Juan de Dios, aunque de manera obsesiva y excéntrica. En un principio fue objeto de burlas y de escarnio, en su obsesión por la mortificación y se le llegó a considerar como loco.

              Sin embargo, la persistencia y perseverancia de sus hechos, empezaron a granjearle apoyos y compañeros en su tarea, la de procurar asistencia hospitalaria a los enfermos y heridos, siendo Antón Martín y Pedro Velasco sus primeros auxilios. Se sobrepuso a todos los reveses, como los incendios en sus primeros hospitales. Llegó hasta pedir limosna en persona ante el Rey Felipe II. Murió un 8 de marzo de 1550, a la edad de 55 años, en la ciudad de Granada de la que hoy es copatrón, junto con san Cecilio.

                   Juan de Dios fue declarado beato en 1630 por el Papa Urbano VIII y santo en 1690 por Alejandro VIII. San Juan de Dios es el fundador de la Orden Hospitalaria que lleva su nombre, se le considera el patrono de la Enfermería y de los Hospitales, así como del cuerpo de Bomberos.

                                             Basílica de San Juan de Dios

                 La basílica de San Juan de Dios en Granada es una portentosa obra del Barroco granadino, erigida en la mitad del siglo XVIII, bajo los auspicios de fray Alonso de Jesús y Ortega. La intensidad y abundancia de las donaciones, permitió la construcción y adorno de una obra primorosa, en la que no hay un solo m² sin cubrir. A lo largo de su historia sufrió importantes daños, sobre todo con la invasión francesa y la Desamortización de Mendizábal, único periodo en la que la Orden Hospitalaria fue expulsada de su templo y hospital (1836-1875).