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           “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas”. Génesis

        Esta es la primera y casi única mención al Espíritu de Dios, que se explicita en el Antiguo Testamento. La siguiente aparición la veremos en el bautizo del propio Jesucristo (ya en los evangelios) cuando el Espíritu vuelve a descender para posarse sobre Él. El suceso es mencionado por Marcos, y repetido tanto por Mateo como Lucas y Juan. Sin embargo, ninguna de las menciones tiene la fuerza de la imagen primera. Dios es espíritu y el Espíritu es Dios.

             La profesora Lidia Rodríguez, en una conferencia en el aula de Teología de la Universidad de Cantabria, registra solo dos veces la invocación al Espíritu de Dios, y siempre en forma de oración. Señala el Salmo 51, 11: Y no retires de mí tú santo Espíritu. ¿Es algo distinto de Dios, o se trata de Dios mismo? La pregunta es tan profunda e inabarcable como se quiera. La otra alusión la sitúa en boca de Isaías, 63-11: ¿Dónde (está) el que puso en medio de ellos su santo Espíritu? No hay más, y se trata de una de las tres personas de la Trinidad cristiana, aunque el concepto se elabora a partir del siglo IV.  El Padre y el Hijo aparecen netamente definidos y diferenciados. Sin embargo, el Espíritu y su posición parecen más complicadas, aunque es mencionado desde el principio del texto bíblico, y estaba con, o era el propio Dios Padre.

               Lo que sí parece claro es que Dios se manifiesta a través del Espíritu, constituyendo su propia extensión, aunque podría hacerlo de cualquier otra manera. Sin embargo, si se siente su presencia, es a través del Espíritu, y su pérdida, provoca la desorientación y la sensación de desamparo. Algo parecido debió sentir el propio Jesucristo durante la crucifixión, cuando exclamo: ¡Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? Todo parece perderse o ganarse en el espíritu. Sin él, nos situaríamos frente al vacío, la propia nada. Así pues, cuando algo nos parece vacío, decimos: “no tiene espíritu” y parece no atraernos. Esto lo decimos de obras de arte, de libros, de discursos, perfectamente realizados, pero que no parecen transmitir nada. Sin embargo, a veces, algo muy sencillo provoca una catarata de sensaciones, y sí decimos que tiene alma.

                                   Jaculatorias del Espíritu Santo

            En 2017 publiqué un pequeño artículo con jaculatorias y oraciones al Espíritu Santo*, desde entonces y durante 2018, 2019 y el presente 2020, se ha convertido en el artículo o entrada más leída de cada año, superando ya las 2000 visitas. No tengo explicación para ello, salvo la necesidad de conocer cosas, de algo sobre lo que hay poco escrito que satisfaga.

                1- Oh, Espíritu Santo, os suplico que bajéis a mi alma con vuestra gracia y vuestro santo amor, a comunicarme el don precioso del temor de dios, que me aleje de aquí en adelante, de todo pecado y ocasión de pecar, y me haga penar, sin cesar, los pecados que he podido cometer hasta aquí.

                    2- Oh, Espíritu Santo, yo os suplico que bajéis hasta mi alma, comunicándome el don de la fortaleza, a fin de que pueda vencer todas las tentaciones, escapar de todos los embates del demonio, y desdeñar los engaños y tentaciones que ofrece el mundo.

                     3- Oh, Espíritu Santo, yo os suplico que os dignéis bajar a mi alma el don del conocimiento, para que me hagáis saber lo que sois.

Nota: https://web.unican.es/campuscultural/Documents/LA%20PRESENCIA%20DEL%20ESPIRITU.pdf. https://santuariodejuanelbautista.com/2017/03/16/jaculatorias-del-espiritu-santo/*