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                    El Vicario de Melilla peregrina hasta Lourdes

     El pasado 5 de julio el Vicario episcopal de Melilla Roberto Rojo cumplió 65 años. En principio estaba destinado a ser uno más en la larga cadena iniciada por Sebastián Carrasco en 1939. Sin embargo y tal como está previsto en los Evangelios, Dios Padre escoge a los suyos entre los muchos que le siguen y son le son fieles. Los últimos serán los primeros y al que se humilla será enaltecido. Dios crea Justicia, dijo el Papa Benedicto XVI, y con el Vicario melillense Roberto Rojo la ha hecho.
La Iglesia vive un tiempo feroz entre el catolicismo tradicionalista y las reformas modernizadoras del Papa Francisco. Para sobrevivir hay que adaptarse a algunas de las exigencias de los nuevos tiempos, siempre presentes, sin perder la identidad. El siglo XXI exige respuestas que no pueden darse con arreglo a normas y costumbres del siglo XI. La Fe es la misma pero se ha renovado, y lo mismo ocurre con las devociones y prácticas religiosas. Ya nada es lo mismo que en el pasado. Lo único que no pueden cambiarse son los dogmas principales.
El Vicario Roberto Rojo se ha renovado a lo largo de los seis años que ya lleva en la ciudad, sin dejar de ser él mismo, y cuenta cada vez más, con una creciente corriente de apoyo. Son muchos los feligreses que le buscan para recibir su orientación, guía y amparo. “Por sus hechos le conoceréis”, afirma también el Evangelio, y esos mismos hechos le confieren la imagen de “un buen pastor”, sin estridencias, sin efectismos, con defectos y errores, con aciertos y virtudes, pero en definitiva cumple con todas las normas canónicas exigidas a un pastor de la Iglesia.
En los últimos días del mes de junio una familia melillense le buscó para realizar una peregrinación a la gruta de Lourdes. Habían realizado una promesa en la que su parte principal la constituía la visita a uno de los más importantes santuarios de apariciones Marianas junto con Fátima. Querían ir acompañados por la guía espiritual del Vicario y contaron con ella.
Entre finales del siglo XIX y principios del XX, María, la Teotokos (madre de Dios), llevó a cabo sus dos más importantes apariciones, con mensajes y advertencias emitidos por ella misma. No se habían producido con anterioridad y no han vuelto a producirse después. Medjugorje, Garabandal y El Escorial parecen excesos de fe de los propios videntes, y una incontinencia reveladora que no parece propia de la PanAgia (Todasanta). Un análisis sucinto de los evangelios ofrece la imagen de una mujer que habla e interviene pocas veces, y con mensajes claros y cortos.
“La vivencia de Lourdes, dice el Vicario Roberto Rojo, es que siempre te llenas de esperanza, ya que es un sitio donde te encuentras a gente sencilla colaborando en algo para hacer agradable la visita a otros enfermos. No solo es un encuentro con Cristo en los Sacramentos, sino también en el ambiente. El mayor milagro de Lourdes es ver a otros cristianos dispuestos a hacer la vida agradable a cualquier otra persona que allí acude.
Esa es la alegría de la familia cristiana, por eso Cristo dijo que mi familia son todos, no solo los parientes. Lo más bonito es la sencillez con la que se va a ese lugar, y el encuentro con la fe y el evangelio”.