La condición del profeta

Melilla en claro oscuro

¿Quién es  profeta, qué hace o como se distinguen?. Es difícil, pues el profeta, por norma general no llega  a disfrutar nunca de la consideración como tal. Sus textos y escritos están enfocados hacia el futuro, aunque escritos en el presente. De este  modo, quién los lee y entiende, puede encontrar esperanza o algún consuelo, en tiempos de angustia. También, el texto profético transciende el tiempo, de modo que puede ser leído en cualquier circunstancia y época, y lo escrito no pierde actualidad. El texto profético habla en presente, pero no de acontecimientos concretos, por eso pervive. Cualquier religión, cualquier sociedad o tiempo tiene los suyos, aunque muchos de sus nombres se pierden con el tiempo. Lo que queda es lo escrito, que es lo que atraviesa las diferentes épocas. Hay textos que no envejecen y son perfectamente distinguibles. Hay tantos estilos de escrituras, como personas o profetas.

El o la profeta escriben de modo constante y habla del mundo y de la época en la que viven. Escriben lo que ven, lo interpretan y lo proyectan hacia el futuro, aunque también hay profecías inmediatas y especificas, pero esas son ocasionales y más arriesgadas. Hay profetas que van contracorriente y se enfrentan con los valores y visiones de su generación. Los hay marginales, como Juan el Bautista, y también apegados al Poder. No solo son religiosos, sino que existen y se encuentran en cualquier campo de la sociedad, de las artes y de las ciencias humanas

Ven un acontecimiento y también su desarrollo. No suelen estar apegados a una ideología o posición concreta. No suelen ser revolucionarios, ni rupturistas, pero evolucionan constantemente. Es su grado de implicación con la sociedad en la que viven, el lazo del que extraen su percepción de las cosas. De sus dichos, pues muchos no escriben, y de sus escritos, siempre se extraen: bien  una frase perdurable, o una máxima útil, tanto para el presente como para el futuro.

Donde está la respuesta

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        Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna, porque ellas dan testimonio de mí, y no queréis venir a mí para tener vida… Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibísteis;  si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis. Juan 5, 39-44

Ahora ya sí podemos cerrar, la pregunta abierta hace un mes con «La noche oscura». En las Escrituras está escrito lo que está escrito, pero nada más. No sirve aprendérselas de memoria, cumplir con todos los ritos, recitarlas hasta el último verso o párrafo. Nada de eso vale, si luego los hechos no reflejan nada de lo expresado con los labios.  En ese párrafo está todo expresado. Se salmodia la escritura, pero no se lleva a cabo lo que en ella se dice o manda. Se oyen las palabras, pero no se ve el ejemplo, y se sustituye al mensajero por el mensaje. Quien eso decía, daba ejemplo constante de lo que decía.

Los mandatos son también claros: Haced y cumplid lo que ellos dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen y no hacen.  Mateo 23, 3-4. Sobre la cuestión de la Fe y las obras, de la que ya hemos expresado aquí algo, tampoco queda resquicio para la duda: Tú tienes fe y yo tengo obras. “Enséñame tu fe sin obras y yo, por las obras, te probaré mi fe”. Santiago 2, 14-18.

Necesitamos pruebas y señales constantes y que se nos muestren de modo continuo. No podemos caminar en la oscuridad, ni largo tiempo sin saber a donde vamos. Todo está ahí, hay que saber verlo, porque son pequeños detalles. La sintonía puede perderse en cualquier momento. Las Escrituras están ahí, sirven como guía, como orientación, pero una vez leídas y sabidas,  lo importante son las obras y los hechos, y esos son los que hay que buscar y llevar a cabo. Ni siquiera nosotros mismo somos ejemplo de nada, ni debemos pretenderlo. De nada sirve lo anterior y el futuro no puede predecirse. Tampoco no es útil el ejemplo de otro, aunque nos fijemos en él y nos sirva de referencia, porque cada uno debe buscar las respuestas por sí mismo. Lo que es válido para una vida, no suele serlo para otra, porque nada se repite y cada situación es diferente.

Laura, en un comentario en El Alminar, lo expresa todo de modo magistral, inigualable. Cuando las almas se expresan sin ataduras, salen expresiones como esta:       Desde muy pequeña, mi abuela me llevaba a “visitar” las ánimas, con el tiempo fui devota de ellas. Para mí es como rezar a Dios, no las considero para nada cómo “prestamistas”, les rezo mucho, como quien reza a Dios. Cuándo más hundida he estado, ellas me han levantado y como sé que seguramente me tacharán de loca, no sigo contando. Para mí, son mi pilar que me da fuerzas y seguridad en todo.

Ahora ya sí podemos cerrar el círculo abierto con «La noche oscura».

La condición de la profecía

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Juan, el Bautista, era la voz que predicaba en el desierto, tal y como él decía y las gentes, deseosas de señales, acudían a él en su busca, a lo que  respondía: yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí. Las personas están ávidas de señales, aunque no lo parezca. el problema es cómo distinguir las verdaderas, cómo no seguir a los falsos señuelos, a los falsos profetas. Todos los evangelios inician su relato con el testimonio del Bautista, indicación de la importancia que tienen tanto el anunciador, como el anunciado. Aquí tenemos una condición necesaria y previa, y es que el profeta, por lo general, no gozará nunca de los beneficios del don que ha recibido. La vida del profeta es dura, está destinado a no ser creído (caso de Casandra), y solo podrá comprobarse la verdad de sus profecías pasado el tiempo.

Juan, el anunciador lo dírá con más claridad: por eso mi gozo es completo. Es necesario que él crezca y que yo disminuya. Ningún profeta, si es verdadero, recogerá la cosecha de sus profecías. Esto es otra condición necesaria, y que distingue al que lo es, del que no lo es. No se escribe o se anuncia alguna cosa por un motivo o interés concreto.   El mismo Cristo lo afirma sin duda alguna: ningún profeta es apreciado en su tierra. Diríamos que casi en ninguna, pues la gente solo quiere oir aquello que le resulta agradable y cómodo, y no aquello que debe ser dicho y oído.

La voz y el dicho de la profecía crea disensión

  • Mateo 10:34-36: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. 35 Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; 36 y los enemigos del hombre serán los de su casa.”
  • Lucas 12:51-52: “¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión. 52 Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres.”

Todo esto precisa ser explicado, porque no es lo mismo crear disensión que discordia, y la profecía si es de verdad, divide como una espada, puescorta aquello que no es sano, y al final une, porque elimina aquello que impide la unión, separa y desbroza lo que está seco y solo debe servir como leña para el fuego. Lo primero que es necesario cortar,  es aquello que está dentro de nosotros, y que nos ata a lo que nos esclaviza. Todo se relaciona, esta entrada con la anterior, y la anterior con la que le precedía, y el conjunto, a lo mejor,  se entiende.

El que anuncia y dice, no lo hace en su propio nombre ni en su propia causa: «yo no puedo hacer nado por mí mismo. Como oigo, juzgo, y mi juicio es justo porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado». Juan 5, 30

Donde arde la llama

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la doble llama

Pues todo el que obra mal, detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Juan 3, 20-21

El Sol sale para todos, esto es un hecho, pero su luz también crea sombra, e incluso quema y abrasa. Buscamos otra clase de luz, la que ilumina desde dentro, la que no crea sombra alguna. Es importante que arda, por muy pequeña que sea su llama. Da igual dónde la encontremos, con tal de que nos guíe. Está y se encuentra dentro de cualquiera, aunque muchos la han apagado por propia voluntad. No debemos caer en la resignación de ver solo aquello que nos quieren hacer ver, aunque sea más cómodo. Buscar esta llama oculta requiere esfuerzo, muchos sinsabores, pero cuando se encuentra, alumbra, acompaña y permanece.

Hay que alimentarla, cuidarla, y encontrar ese lugar en donde solo nosotros podamos verla, porque cuando tengamos esa luz, la manifestaremos y otros podrán ver la luz por nuestros ojos. La luz creará más luz, incluso dentro de la noche más oscura o de la más densa de las nieblas. A veces no la sentiremos ni la veremos, porque su llama es muy tenue y su calor muy débil, pero siempre estará ahí, aunque haya que agacharse para buscarla, o incluso arrodillarse junto con el polvo.

Las imperceptibles señales

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Volver una vez tras otra al mismo lugar y observar cosas distintas en cada ocasión. Nunca se repiten las imágenes ni los instantes. No siempre se percibe algo. Volvemos a un lugar, o a releer una página de un libro, en una búsqueda distinta. Necesitamos señales de modo constante, por pequeñas que sean. Quizá siempre estén ahí, pero no siempre estamos en conexión con esa débil sintonía en la que la señal se emite. Una y otra vez necesitamos esa confirmación, ese leve soplo. Cuando no está, sobreviene el desamparo. La excesiva luz impide a veces el avance, porque difumina los contornos y hace desaparecer los matices. Es necesaria la luz, pero no una luz cualquiera. Los mejores ejemplos pasan casi siempre desapercibidos. Las luchas mas intensas se producen en el silencio, lejos de las miradas.

Lo que se nos ofrece de modo continuo por todos los canales y medios de comunicación posible, suele ser falso. Cuando la luz es más intensa y ciega, se produce el espejismo. Buscamos la luz tenue que muestra, dibuja y hace percibir las cosas tal y como son. La gente huye del silencio porque le teme. El ruido inunda las calles y nuestras relaciones. La luz intensa puede ser engañosa, porque pretende que nos fijemos en algo y no percatemos de lo que está cerca, en las inmediaciones. Hay que huir siempre del foco que busca concentrar nuestra vista sobre algo determinado.

En la penumbra, casi en soledad, con luz clara que hacer ver todo, un mismo lugar parece algo distinto. Nos fijamos en aquello que no habíamos en otras ocasiones. Lo que no busca el reconocimiento de nadie, suele ser lo más hermoso. Esta capilla no pretende nada. Está a la vista, pero oculta para casi todos. Aunque no escriba nada en ella (todavía no he conseguido ajustar una frecuencia adecuada), siempre hay alguien que la visita, que entra y sale de ella en silencio. No suele haber casi comentarios, casi ni siquiera míos y ese estado, casi tan cercano al silencio y la soledad, es lo que se busca y lo que resulta útil. Está alejada de casi toda distracción.

Las enigmáticas cartas de Juan

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Sol rasgando las nubes

Hay dos evangelios distintos, el de Marcos, del que hemos hablado un poco, y el de Juan, diferente y sorprendente. Los textos de Juan siempre están llenos de sorpresas y extraños giros. Dentro de una edición completa del Nuevo Testamento, aparecen tres cartas de Juan, el hijo de Zebedeo, que La Iglesia considera como auténticas o admitidas por la tradición. Son textos que hablan de revelaciones, textos intimistas, que hablan de la  luz y de las tinieblas. Como el sol que se abre paso entre las nubes.

Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y tocado nuestras manos tocante al Verbo de la vida…Este es el mensaje que hemos oído de El. y os anunciamos: que Dios es luz y en el no hay tiniebla alguna. Si dijéramos que tenemos comunión con El, y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. Carta 1ª de Juan

La noche oscura

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¿Qué es la noche oscura?. Mi alma está triste hasta la muerte, dijo Jesucristo en Getsemaní. «Me siento perdida. Dios no me quiere. Dios podría no ser Dios. Podría no existir», escribirá Teresa de Calcuta  en una de sus angustias más profundas. Benedicto XVI, el Papa que renunció a la silla de Pedro afirmó: «Las aguas bajaban agitadas y Dios parecía dormido». Son tres expresiones duras de la noche del alma, que manifiestan la angustia del espíritu ante la ausencia de respuestas, ante situaciones clamorosas que así lo demandan. Cuando alguien llega a esa punto, toda certeza interior queda reducida a cenizas. El fuego de la duda arde con igual y uniforme intensidad y no es posible aplacarlo. Solo plasmarlo, conseguir expresarlo mediante palabras o pensamientos, puede mitigar en algo esa angustia tan intensa y dolorosa. Es la zarza que arde y no se consume, el fuego inextinguible que acompaña ya siempre al que ha llegado a ese instante hondo e intenso, en donde el alma se queda sola, y en silencio, frente a la oscuridad más absoluta.  Nadie responde, no se oye ninguna voz, ni exterior, ni interior. La luz no aparece. ¿Cómo se sale de allí?. Quien ha vivido esa experiencia y logra levantarse queda transformado. A veces el peso de certezas  exteriores, impuestas por las ideologías y las religiones, aplastan más que la propia duda. La certeza que ayuda es la de la experiencia. Solo cuando se ha vivido algo se sabe qué hacer después, o como enfrentarse a ello. No hay una única noche oscura, hay muchas, suelen ser constantes. Casi tantas como las veces que uno logra levantarse del fondo. En ocasiones, la noche oscura sirve para despojarse de falsas convicciones, al igual que el alcornoque se deshace de sus capas secas, que son transformadas en corcho, y el corcho es ligero y flota. La noche oscura es solo silencio. Lo que quiere expresar esta entrada. No hay respuestas. No hay nada que decir. Solo aguardar a que la oscuridad se disuelva.

En tiempos inciertos

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             No te extrañes que te diga: Os es preciso nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Juan 3, 7-9

No sabemos a dónde nos conducen nuestros pasos. La vida no se detiene. Cualquier acontecimiento que se nos presente, cualquier cosa que hagamos, estará rodeado por la incertidumbre, salvo lo que está en el interior de nosotros. Confiar en los sentimientos y en la voluntad. Cuando la duda se hace presente debemos asirnos a lo que mora en el interior, aferrarnos al espíritu.  Esperar hasta que la tiniebla se disuelva, del mismo modo en que la oscuridad de la noche se desvanece con el Sol, y estar preparados para cuando vuelva a ocultarse. Detenerse frente la luz interior del ser humano, fijar la mirada en la tenue llamarada de la vela. El tiempo no puede adelantarse. A nadie le ha sido dada la facultad de conocer lo que está por delante de él.

        La creación precisa del silencio. del interior y del externo.

Sobre la devoción

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            Introducción a la vida devota (San Francisco de Sales)

Para que sepas en qué consiste la verdadera virtud de la devoción, porque no existiendo mas que una verdadera, y siendo muchas las falsas y vanas, si no conocieses cuál es aquella, podrías engañarte y seguir alguna devoción impertinente y supersticiosa.

El que es aficionado al ayuno se tendrá por muy devoto si puede ayunar, aunque su corazón esté lleno de rencor y, si bien no se atreverá, por sobriedad, a mojar su lengua en el vino y ni siquiera en el agua, no vacilará en sumergirla en la sangre del prójimo por la maledicencia y la calumnia. Otro creerá que es devoto porque reza una gran cantidad de oraciones todos los días, aunque después se desate su lengua en palabras insolentes, arrogantes e injuriosas contra sus familiares y vecinos. Otro sacará con presteza la limosna de su bolsa para darla a los pobres, pero no sabrá sacar dulzura de su corazón para perdonar a sus enemigos.. Otro perdonará a sus enemigos, pero no pagará sus deudas, si no le obliga a ello, a viva fuerza, la justicia. Todos estos son tenidos por devotos, y no obstante, no lo son en manera alguna.

Viejos libros religiosos

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Durante un tiempo, no demasiado largo, coleccioné algunos libros religiosos antiguos, aunque no demasiado. Me resultan más atractivos que los modernos. Tienen cierto aire de misterio y nostalgia, y proceden de un mundo ya perdido. La realidad humana se ha transformado tanto, y el conocimiento científico se ha desplegado tanto, que ha dejado poco espacio a lo inexplicable, al propio misterio.

La religión nunca podrá explicar todo y la ciencia no explica lo que nos interesa. Sigue existiendo un espacio, cada vez más estrecho, en el que se refugian las creencias, la fe. Es un territorio estrecho, pero en el que caben muchas cosas todavía. Es imposible sustraerse a la ola del conocimiento científico y a sus explicaciones. Hay decenas de problemas éticos, médicos, morales, que ya no pueden resolver o explicar las creencias religiosas. Hay situaciones personales a las que no podrán llegar nunca las aseveraciones científicas.

De ese libro, titulado: La imitación del Sagrado Corazón de Jesús, sin fecha ni firma y al que no parece faltarle hoja alguna. Me resulta atractivo el estilo narrativo de algunas partes, aunque muchas de sus recomendaciones están obsoletas.

Hablan de un tiempo en el que Dios y el Diablo, estaban presentes en casi cualquier campo de la vida. Aunque no sea muy riguroso decirlo, hoy, el relativismo, ha acabado casi con cualquiera de los dos, incluso dentro de los propios creyentes.

El libro no lleva fecha ni firma alguna, porque entonces no importaba dejar nombre alguno a la posteridad. Hoy somos esclavos de eso.

Una muestra de la narración: Razón por la cual a nada tira tanto el demonio como a impedir la pureza de corazón. Tolera este enemigo en cierta manera que nos demos con sosiego a las virtudes y aun a la perfección, con tal de que descuidemos esa pureza de alma. Sabe que por aquí nos enredaremos en mil ilusiones y nunca llegaremos a tener sólidas virtudes, y mucho menos la perfección verdadera.