El culto de las imágenes

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          ¿Qué lleva a una persona a situarse delante de una imagen y rezar y solicitar determinado favor o ayuda?. ¿Estamos ante el final de la religiosidad tal y como la conocemos?. El mundo espiritual seguirá existiendo, las religiones también, peor todo evolucionará en un sentido distinto al que conocemos. Centenas de imágenes yacen ya olvidadas en los templos, sin culto alguno, en iglesias que ni siquiera se abren, salvo unos pocos minutos al día. Lo que vemos, como por ejemplo en los cultos y procesiones de Semana Santa, parece ya solo el final de un reflejo de un tipo de religiosidad próximo a extinguirse. Hubo un tiempo en que cada iglesia tenía sus santos e imágenes populares, de las que se editaban decenas de estampas, novenas y oraciones. Cada santa o santo tenía su función, sus atribuciones y se solicitaba su ayuda e intervención para cosas y situaciones determinadas. Todavía vemos a gente frente a esas imágenes, pero en realidad son un porcentaje mínimo con respecto al resto de la sociedad. Los templos están vacíos o cerrados la mayor parte del tiempo. Las procesiones de Semana Santa atraen gente, pero los participantes son una parte pequeña del conjunto de la sociedad. Estamos viviendo en presente, algo que ya pertenece al pasado. Las imágenes han dejado de ser parte de la vida de las personas desde hace tiempo. Proyectamos en ellas parte de nuestro espíritu, son aquello que queremos que sean, nos transmiten algo de lo que en un día fueron, pero nunca nos darán respuesta alguna, aunque parezcan consolarnos, aunque a veces nos parezca sentir que lo hacen.

     La inquietante afirmación que plantea el filósofo francés Marcel Gauchet y que trae a colación el catedrático  Fernando R. de la Flor, en su libro De Cristo; es: la trayectoria de lo religioso, estaría en nuestro mundo ya acabada en lo esencial.

       Hay grandes religiones que no utilizan imagen alguna, e incluso en gran parte de Europa del Norte y Central , del mundo anglosajón e incluso de la Iglesia Ortodoxa, las iglesias y templos aparecen vacíos de imágenes.

         Cuesta mucho mantener encendidas las lámparas de aceite y las velas de cera. La luz de la vela puede irradiar calor y luz, pero su acción es limitada. Hay que mantenerse muy cerca, estar muy pendiente de sus llamas, porque cualquier soplo, cualquier corriente de aire, puede apagarlas todas y dejarnos a oscuras.

San Juan de Dios

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        San Juan de Dios, Joao Cidade Duarte, nacido en la ciudad portuguesa de Montemor o Novo en el año de 1495, soldado de fortuna al servicio del ejército del emperador español Carlos I, en donde llegará hasta la ciudad africana de Ceuta, de la que volverá, tras abandonar el servicio en el ejército, hasta el Peñón de Gibraltar, en donde se dedicará a la venta de estampas y libros. En 1538 se establece en la ciudad de Granada, de la que ya no saldrá, salvo por una peregrinación temporal a la ciudad de Guadalupe en Cáceres; y en donde conocerá a otro santo, también Juan, el de Avila, recientemente nombrado doctor de La Iglesia.

        San Juan de Dios completó una vida llena de prodigios, muy bien relatados por Ramón Pérez de Ayala. En la ciudad de Granada fundó varios hospitales, pero después de una durísima conversión y penitencia, que le llevó a ser considerado como loco. Tras su estancia en el manicomio comenzará la fundación de hospitales para desamparados. Uno de sus discípulos fue Antón Martín, quién fundó en Madrid el hospital de Ntra. Sra. del Amor de Dios, perteneciente a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.

        Joao Cidade, San Juan de Dios, murió el 8 de marzo de 1550, el mismo día de su nacimiento, pero 55 años después. La primera vez que leí algo relacionado con San Juan de Dios fue con este pequeño libro y colección de Alianza Editorial, llamada Cien porque eran cien títulos y costaban 100 pesetas cada uno. En días pasados, en una librería de libros de segunda  mano en Melilla encontré esta vieja estampa de San Juan de Dios, fechada en 1985. Era la señal esperada para escribir sobre él, y encontrada unos días antes de su conmemoración.

Tiempo de Cuaresma y de Ceniza

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       Buscar un tiempo en el que reflexionar, parar y detenerse ante todo. Hacer meditación y renovación interior, pero sin que nadie la vea. Todo lo contrario de su origen y significado, porque en épocas pasadas La Iglesia obligaba a la penitencia pública. El terrible y formidable poder temporal de La Iglesia nació así. La amenaza de las llamas del fuego eterno, ese mismo que lo convierte todo en ceniza, acechaba tanto en esta vida, como en la otra. Porque sí hay un fuego que no se extingue, un fuego que devora pero no quema, un fuego que envuelve y arde de modo constante, sin consumir aquello que le sirve de alimento.

    La duda, la falta de respuestas, la ausencia de señales, el dolor  por el daño causado, crean la noche oscura, de la que se adueña la angustia de la incertidumbre. Todo ese material conforma el combustible de un fuego, que al igual que el legendario «fuego griego», no se apaga ni siquiera con el agua. Hay mucho mal y convivimos con él a diário y no hay respuestas frente a nada y la angustia crece y se multiplica. Hay nuevos problemas y nuevas situaciones, pero no existen nuevas respuestas y las viejas máximas no sirven. Estamos en medio de un mundo que cambia, en donde el mal no da la cara, pero donde tampoco se le reconoce y es difícil protegerse y proteger a quienes nos rodean.

     Hay entradas sobre las que luego resulta difícil escribir después, esto es, sobrepasarlas. Ha pasado un mes desde el hallazgo o reencuentro con el milagroso Cristo de La Caña, y han sucedido tantas cosas, que está resultando un esfuerzo superior a lo esperado el continuar con estos espacios abiertos. El peso de la cruz nos hace caer y luego resulta muy difícil volver a levantarse. Hay quien opta por la rendición y así queda en calma frente a la angustia. Lo milagroso es vivir frente a ella dándole cara día a día, sin saber que es lo que puede esperar al día siguiente, o qué puede deparar el futuro.

      Toda nuestra estabilidad depende de un hilo o cuelga de un alambre. Un pequeño cambio en la salud, un acontecimiento familiar que trastoca nuestros planes, o un cambio laboral, en medio de un país arruinado y en crísis, puede convertir la necesidad de conseguir el dinero para el sustento familiar en una agonía insoportable.

         En medio de todo eso, hay que buscar un rincón escondido y reencontrarse con la luz, en medio de un mundo que se hunde. Nos ofrecen una imagen falsa de todo.

El altar del Cristo de La Caña

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           De repente, sin saber cómo, te alcanza la niebla, e incluso la noche y la desorientación es absoluta. No hay nada a mano, ni cerillas ni nada de lo que valerse para iluminar. Hay que andar a tientas, intentando que las pupilas se acostumbre a la tiniebla e intentar orientarse con cualquier referencia. Han pasado dos semanas desde que rescatáramos la historia perdida del milagroso Cristo de La Caña y parece que el silencio de tantos años se ha cobrado su precio con la desorientación absoluta de quien lo diera a conocer. ¿Deben ser desvelados todos los misterios?. Por la puerta abierta se escapó la oscuridad y el silencio retenidos por tan largo tiempo y extendieron su manto, envolviendo por un tiempo  a todos los que levantaron el velo del misterio.

           Ha sido un tiempo difícil. Después de dos semanas volvía al mismo lugar, pero ya viéndolo todo de otra manera. Lo observado a modificado al observador. Ya nada será igual después de ese 9 de febrero de 2014. Cuando todo el silencio se quiebre y toda la oscuridad se desvanezca, esta imagen volverá a brillar con la luz tanto tiempo apagada.

Iconoclastas frente a iconódulos

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                            La cuestión de las imágenes

             Todos los años, cuando llega la Semana Santa y veo una imagen detrás de otra, ricamente adornadas, a veces excesivamente, surge en mí la misma reflexión. ¿A quíen se le tiene la devoción, a Dios y a la Virgen o a sus representaciónes?. Que nadie piense que la respuesta es fácil, pues esta cuestión llevó a una guerra abierta entre la Iglesia de Roma y la de Bizancio, que supuso a la larga, la ruptura absoluta entre las dos ramas principales de la Iglesia cristiana. Existe otra iglesia , muy santa también, defensora de la misma Fe en Jesucristo y que suele ser conocida como iglesia ortodoxa.

              Aunque no muchos lo conozcan, existe un patriarca, tan antiguo como el Papa de Roma y con la misma categoría ecuménica, que es el Patriarca de Constantinopla, con el título de “primero entre iguales”. La prevalencia del Papa de romano, su doctrina de la infalibilidad pontificia, son en realidad,  casi una herejía doctrinal, inaceptable para el resto de las iglesias cristianas, a saber:   El Patriarca de Antioquía,  el Patriarca de Jerusalén,  el Patriarca de Moscú y de todas las Rusias, el Patriarca católico de Georgia,  el Patriarca de Serbia, el de Rumania, el de Bulgaria, el arzobispo de Chipre, de Atenas y de toda Grecia; el metropolitano de Polonia, el metropolitano de Praga y de toda Bohemia, y el arzobispo de Nueva York y de Norteamérica.

       En toda la iglesia cristiana ortodoxa de Oriente no existe una sola imagen en volumen de Jusucristo, de la Virgen o de ninguno de sus santos. La Virgen no ostenta título alguno, salvo el de María Teótokos (madre de Dios). Es más, el 90 % del santoral romano no es ni siquiera aceptado por ninguna de las iglesias de Oriente. Desde que viajé a Grecia en 1998 y ví las iglesias ortodoxas, llenas de iconos y de velas, tuve la sensación íntima de que si alguien está más cerca de la herejía y casi de la idolatría, es la iglesia de Roma. La lucha entre iconódulos (partidarios de las imágenes) y los iconoclastas (defensensores de su eliminación), tuvo su abanderado más célebre en el emperador Bizantino León III , el Isaurio, en el siglo VIII. Dicen también que Constantinopla cayó abatida por sus inmumerables pecados, que siempre pesan más que las virtudes, y que también fueron muchas.

         El mandato del Padre fue claro: “No haréis imagen alguna ni la adoraréis”. Y Jesucristo dijo: “No he venido a abolir la Ley del Padre, si no a hacerla cumplir”. La cuestión no es fácil y sigue abierta.  Aparte de la cuestión de las imágenes, existen otras diferencias doctrinales importantes. En las iglesias de Oriente no se acepta el dogma de la Inmaculada Concepción, ni la Asunción de la Virgen. Solo conmemoran “la dormición” de La Virgen. Muchas de las basílicas de Oriente llevan ese título, el de “la dormición”. Si fuese preguntando sobre que postura adoptar con respecto a las imágenes, no tendría une respuesta fácil. en algunos casos pienso que existe una verdadera creencia, en otros en pura idolatría y Fe de escaparate. Sobre qué hay detrás de ellas o sobre qué representan realmente, nada definitivo puede afirmarse.

             También reconozco la belleza de las imágenes y de la hermosa estética de muchas procesiones, e indudablemente, existe una manifestación de Fe real en ellas, pero también hay mucho de representación teatral. Solo quiero decir que nunca hay una única visión,  y que Roma no es toda la cristiandad, ni su visión es única y excluyente. Nada debe imponerse, quién quiera creer, es libre de hacerlo, y quién no, también.

           El Cristo del Perdón y de la Fe del Barrio del Real de Melilla lo fue todo para el barrio durante décadas, hasta que diversas vicisitudes provocaron la extinción del culto procesional en el más populoso de los barrios melillenses. Hoy muchos casi ni recuerdan su antiguo nombre.

       Nota: León III, el gran iconoclasta. http://es.wikipedia.org/wiki/Le%C3%B3n_III_%28emperador%29

Tres imágenes de Cristo en Melilla

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           En la iglesia de La Purísima Concepción hay tres representaciones de Cristo que prevalecen sobre todas las demás. La historia de una ciudad de frontera impone unos condicionantes muy específicos, tanto sobre sus gentes como sobre sus imágenes. En Melilla no hay grandes imágenes religiosas, porque a parte de la guarnición que custodiaba la ciudad, solo existían presidiarios y una pequeña población civil. Con tan exiguos componentes sociales, la Fe de la ciudad se asentó sobre la sobriedad y el aislamiento. No existía el contacto con movimiento artístico alguno, ni posibilidad de influir sobre ellos o la de ser influidos. La tropas del desembarco de 1497 llegaron con la imagen de un crucificado, llamado de La Vera Cruz, de la que se desconoce autor y tiempo. Solo los rasgos arcaicos y el hieratismo de la figura hablan sobre la antigüedad de la talla, que parece anterior al Renacimiento y sus normas.

           La segunda imagen interesante es la del agonizante Cristo de Socorro, de pequeño tamaño, hecho sobre un tronco de madera de una sola pieza, por un capitán que cumplía destierro en el presidio de Melilla. La figura es muy expresiva y está tallada sobre un tronco destinado a ser leña para los hornos de Intendencia.                                                                     La última imagen es la del Cristo de La Caña, que ha cobrado importancia esta semana, al redescubrirse una pasada historia milagrosa casi centenaria, que yacía sepultada en el olvido.

         Durante cuatro siglos, estas imágenes lo fueron todo en la vida cotidiana de los melillenses, recibiendo cientos o tal vez miles de oraciones y súplicas. Hoy están casi en silencio, apenas visitadas por las pocas personas que suben a la ciudad vieja y entran en la iglesia. Muchos o casi todos los que las miran y contemplan, desconocen todo acerca de su pasado y de lo que un día significaron. La pregunta es: ¿conservan algo de lo que un día fueron?, ¿las hacen distintas esos siglos y esos miles de oraciones que recibieron y que quizá atendieron, incluso aunque hoy estén ya en silencio?.

   Nota: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2014/02/09/las-lagrimas-milagrosas-del-cristo-de-la-cana-iglesia-religion-melilla-historia-casi-olvidada-lloraba-arte-imagen-oculta-sacristia-retirada-culto-decadas-ecce.shtml

Lágrimas en el arte

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Virgen Dolorosa, Pedro de Mena

          Una Dolorosa de Pedro de Mena en Alcalá de Henares

         Un artículo felizmente rescatado, de Ramón Gómez de La Serna, con el afortunado título de «Las lágrimas en el arte», me da la oportunidad de hablar del busto de una virgen dolorosa, del escultor imaginero granadino Pedro de Mena, que se encuentra en el Museo Catedralicio de Alcalá de Henares y que visité hace cinco años. En el artículo publicado en la revista La Esfera, el 08/12/1923, analiza la presencia de las lágrimas en el arte y dedica un especial párrafo al escultor Pedro de Mena. Desconocemos si llego a ver la talla del Cristo desaparecido en Málaga en 1931, pero sin lugar a dudas, vio el busto existente en Alcalá, que es uno de los que ilustran el articulo, dedicado sobre todo, a las vírgenes dolorosas o lacrimosas.

             El texto es el siguiente: Pedro de Mena fue el que llegó a una mayor elocuencia con las lágrimas y supo nublar los ojos con la tormenta lacrimosa, la nube espesa y trasparente, cuantiosa como una catarata y, sin embargo, diminuta, reducida, como se pueden reducir las cataratas del Niágara en los ojos que las contemplan.

              Parece que Pedro de Mena destiló sus lágrimas por esos intrincados aparatos de cristal inmaterial de tuberías capilares, que se destilan y alquitaran las aguas que han de servir para preparar los cloridios más suaves, porque a veces también las lágrimas son lo único que consuela el ardor de un gran dolor. ¡Oh, si no se pudiese romper a llorar!.

             Esas lágrimas de Pedro de Mena están buscadas en el río de más puras linfas y en ese regato en el que se liman y repujan las aguas limpiándose, puliéndose, afilándose sobre los cantos rodados. Como en las conchas del oro, verdaderas conchas irisadas en las que el oro, es como el sedimento perlero y en las que el pintor moja un pincel, en las conchas de las lágrimas, más caras que las del oro, es en las que el pintor impregna su fino pincel con gran cuidado.

              Pedro de Mena quebró la luz en el dolor más cuantioso, en la amargura más aciaga, y son lágrimas que tiene como un reflector dentro y que se desparraman en la imaginación de quien las contempla, como si fueran charcos en el cielo, charcos suspendidos en la luz de la visión.

        El artículo es todo un tratado sobre las lágrimas religiosas en el arte, y habla sobre todo,  de ellas en las vírgenes, y de otros artistas imagineros. Rescato este párrafo, porque habla de una talla que pude contemplar y fotografiar y que me sorprendió, porque es la parte más desconocida del autor granadino, aunque afincado en Málaga, Pedro de Mena.

Santa Águeda, protectora de mujeres

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           Todos necesitamos protección, pero las mujeres más. En cualquier sociedad, bajo cualquier cultura, ideología o religión, en cualquier etapa histórica, las mujeres han sido y son hostilizadas y víctimas de toda clase de discriminaciones y de abusos bajo la sociedad patriarcal. En todas esas etapas las mujeres han buscado cómo protegerse frente a una realidad social enemiga de ellas. En el mundo cristiano occidental buscaron amparo bajo la figura de esta joven italiana de la región de Catania, que sufrió torturas por resistirse a ser víctima de abusos sexuales por parte de un gobernador romano. Pese a la claridad del ejemplo, la Iglesia de Roma solo hizo hincapié en su resistencia en defensa de la virtud, aunque bien es verdad que hasta hace muy pocas décadas no se ha tomado conciencia del abuso sexual sobre las mujeres.

            El caso es que las mujeres tomaron nota de su ejemplo y no olvidaron su  martirio (5 de febrero de 252),  cuya motivo era moneda de uso corriente  y la designaron como protectora. Ante un mundo en el que no había a quién recurrir ni pedir protección frente a la agresiva sexualidad del varón, solo cabía el recurso a «la divinidad». Los escabrosos detalles de sus torturas es mejor ahorrárselos, pero era, e imaginamos que todavía sigue siendo, invocada para las dolencias de los pechos. Sin embargo, esto solo era efectivo o válido para el mundo católico romano.

          Febrero es un mes femenino, creo que es el único dedicado a una diosa (februa), y la festividad de las águedas es una celebración de mujeres. Hubo un tiempo en que las imágenes y ciertos cultos eran parte de la vida de las personas. Los abusos y las injusticias asolaban a todas las sociedades y la gente, sobre todo las mujeres, no encontraban protección alguna. Las divinidades femeninas siguen existiendo, aunque más ocultas y olvidadas, porque las mujeres siguen teniendo los mismo problemas. Nunca está demás recordar algunas cosas.

         Nota: http://corazones.org/santos/agueda.htm

La advertencia de San Lucas

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        Nadie enciende una lámpara para taparla con una vasija o meterla debajo de una cama, la pone en el candelero para que los que entren vean la luz. Porque no hay nada oculto que no se haga manifiesto, ni nada escondido que no llegue a saberse y no salga a la luz. Lucas 8, 16-18

          A veces hay que dejarse guiar por un texto, por una imagen, por cualquier otra cosa que nos saque del letargo. La advertencia de San Lucas es poderosa, de hecho la primera parte del texto es la frase escogida como lema en El Alminar de Melilla, bajo cuyo manto se encuentra éste. En aquel caen los rayos y aquí, todo lo que hay, está destilado. Nada traspasa desde allí a aquí, de hecho es esa la pretensión. El poder estar escondido, casi en el mismo lugar, pero sin ser visto. Hay cosas que se deciden y suceden a la vista de todos, y otras, casi la mayoría, pasan sin que nadie se percate de ellas.

            Realmente esta no es la advertencia de San Lucas, aunque yo la llame así, pero  es del propio Jesús, el Cristo. La versiones cambian algo entre cada evangelio y también con las traducciones. No es lo mismo que provenga de la versión griega, que sería directa, que de la latina, que ya sería una vía intermedia. Esto es solo en cuento a la lectura, porque la interpretación es otra cosa muy distinta, con decenas de vericuetos y de caminos muy diferenciados.

        Existe hoy una tendencia a exponer todo, cualquier acontecimiento de la vida, en los muros y estelas de las redes sociales, pero en el fondo de todo se encuentra la soledad de las personas. Se expone y muestra todo para sentirse acompañado, pero aquello que aparenta comunicar, en realidad no lo hace. Nadie puede vivir la vida de otro. Yo prefiero transmitir ideas, sensaciones y que cada cual viva su vida, porque no puede ser de otra manera. La sobreexposición solo trae malas consecuencias, porque al final, de todo solo queda humo y cenizas. Lo que se muestra es tanto, que luego cuesta diferenciar lo que es verdad.

        En este lugar, los cuervos no atacan a las palomas

El instante

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       En todo siempre hay un instante imprescindible sobre el que se sostiene todo, igual que la piedra angular del arco. En un solo momento se puede venir abajo una torre, pero no vamos a escribir sobre lo que se destruye, sino sobre lo que puede construirse. Todo es  muchísimo más frágil de lo que creemos. Nuestras vidas está organizadas de tal modo que la mayor parte de las cosas no dependen de nosotros. Los dados del azar son lanzados una y otra vez a nuestro alrededor. Todo lo que vemos, lo que tenemos, puede desaparecer en un instante. Todo lo que construimos o intentamos construir también. Hay un instante que convierte todo en polvo y otro que edifica. Esto sucede también en la liturgia cristiana, Hay un instante endeble, casi imperceptible, sobre el que descansa, no solo el hipotético misterio de la misa, sino también casi todo el misterio de la Fe en Cristo.

                       El instante de la transustanciación

             Transustanciación, el cambio de sustancia y de forma. Lo que era al inicio del oficio religioso, se transforma por medio de la palabra y del rito en algo distinto. Esta es la clave. O se cree en esto, o nada vale. Es un instante que vale un mundo, también una vida, y una Fe. Esto sucede en muchos otros campos de la vida. Hay instantes que transforman todo, que edifican, o que destruyen.

            No hay acuerdo entre las dos grandes iglesias cristianas, la de Occidente y la Ortodoxa sobre este momento. Para la Iglesia de Roma es el momento en el que el sacerdote pronuncia las palabras: este es mi cuerpo…esta es mi sangre, cuando se produce esta transformación. En Oriente se piensa que antes de  ese momento, y por la intervención previa del Espíritu Santo, la transformación ya se ha producido. Aparte, en Oriente no se utiliza el pan ácimo, sin levadura, para la eucaristía.

             Como puede verse, y hasta en algo tan trascendental como esto, siempre hay otro modo de ver las cosas.

Nota: http://principioscatolicos.blogspot.com.es/2009/04/que-es-la-transustanciacion.html