Lampararios y velas de cera

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La vela de cera crea un ambiente de recogimiento, tiene un olor especial, crea una luminosidad específica, que las hace distintas a todas. Encender una vela, colocarla en un determinado lugar, bajo una imagen concreta, o en una ubicación especial, confiere a ese pequeño acto un significación distinta. En un momento concreto fueron eliminadas de casi todas las iglesias y sustituidos por fríos lampararios eléctricos que no promueven la reflexión o el detenerse en un lugar concreto. Nunca se vio arder iglesia o templo por las velas de cera. Las velas que están dentro de la protección de plástico son muy seguras. Una persona encargada de recogerlas, que siempre habría dispuestas a ello, sería suficiente para ir quitando las ya gastadas. Algunas pueden arden durante varios días, y esa mezcla de velas nuevas y otras más gastadas confieren un ambiente especial a los templos.

Entrar en una vieja iglesia, o en pequeña una capilla  por la tarde y percibir el aroma de la cera, incluso su calor, o recrearse en los diferentes tonos de luz  que confieren al entorno, o a la nave en su conjunto, resulta especial y relajante, como el mismo acto de encenderlas, verlas arder y consumirse. Implicaría también cierta libertad, cierta participación, tanto para el fiel como el visitante que se acerca a un templo.

El día mágico de los templos

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               La cúpula del Centro Asistencial de Melilla

La religión egipcia estaba fundamentada en torno al Sol, o al disco solar. Era considerado un astro mágico desde la antigüedad. El caso es que los templos se construían con una determinada orientación, dirigida siempre hacia el Sol, de manera que en un determinado día, la luz del amanecer entraba en línea recta por la puerta del templo y lo llenaba con su luz hasta el mismo fondo. Esto sucedía durante un corto espacio de tiempo y solo una vez al año (cuando la Tierra repetía posición con respecto al Sol), se reproducía ese instante mágico.

Cuando el templo cristiano está bien orientado, el eje principal debe estar en la dirección Oeste-Este, con la cabecera (el presbiterio) vuelta hacia el Este, mientras que el eje menor, el de los brazos del crucero, deben estar situados en la dirección Norte- Sur. La luz del amanecer debe entrar por el ábside y caer sobre el altar, mientras que la del ocaso debe entrar por la puerta de la iglesia e iluminar el fondo. Las iglesias góticas incorporaron «la roseta», para que en el ocaso recibieran la luz del Sol y se desplegara sobre el espacio de culto en una cascada de colores. Un solo día al año la luz del sol atraviesa el templo marcando de modo exacto el eje Oeste-Este. Cuando el templo estaba dedicado a un determinado santo o advocación, para trazarlo se esperaba al día del titular al que se consagraba el templo. Se colocaba una estaca en el suelo y se esperaba a que la luz del sol amaneciendo delimitase el eje principal. El medio día era el punto exacto en donde debía reposar el centro de la cúpula y luego se trazaba la orientación de los brazos del crucero, llamados de la epístola(izquierda) y del evangelio(derecha).

Existía pues una orientación general, Oeste-Este y una específica, con el eje marcando la posición del día al que se dedicaba la basílica o templo. Claro que esto solo era posible cuando existía suficiente espacio físico para colocar el templo en el modo adecuado. En los templos de nueva edificación, estos se debían adaptar al espacio disponible.

Solo un día al año, la luz solar crea en los templos instantes mágicos. Los templos cambian mucho según el momento en el que se esté en ellos. Cada instante es único, no se repite. Hay que ir muchas veces, de modo constante, esperar y cualquier día, ese momento se produce y ya no se repetirá más.

El Centro Asistencial de Melilla tiene una cúpula o cimborrio de estilo gótico,  muy esbelto, pequeño pero diáfano. Las nervaduras dibujan una estrella de ocho puntas, las mismas que ventanas, que en el ocaso dan una luz muy singular al templo. En el pasado, los cristales tenían una decoración que imitaba a las vidrieras. Es la única cúpula de Melilla ( exceptuando la del templo patronal) y es la más luminosa de todas. También tiene un roseta sobre la puerta de la iglesia.

El que ve en lo oscuro

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       «Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tengáis luz, antes que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe a dónde va; mientras hay luz. creed en la luz, para que seáis hijos de la luz». Juan 12, 35-37

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. Mateo 6, 5-7 *

¿Qué tiene mayor valor, la acción pública, delante de todos, o la callada, la realizada fuera de la vista del reconocimiento social?. La primera ya tiene su recompensa en la visibilidad social, en el reconocimiento mundano. La segunda busca otro tipo de recompensa, si es que persigue algo. A veces solo se busca un instante de reposo, a veces es tan efímero como la propia acción. La tranquilidad individual también importa, aunque, y eso es lo desconcertante, también suele conseguirla el malvado, y a veces también,  con una aparente mayor solidez.

No hay final, casi ni descanso en una lucha así. La noche sucede al día de modo regular, la tiniebla a la luz, la sombra sigue siempre al Sol. Hay pequeños instantes de paz, de felicidad. Hay recompensas, pero hay que estar atentos a ellas, pues muchas veces son los matices, los distintos sabores con los que la vida se ofrece. Son un leve soplo, casi un guiño, y no están al alcance de todos.

  Nota:* σὺ δὲ ὅταν προσεύχῃ εἴσελθε είς τὸ ταμεῖον σου καὶ κλείσας τὴν θύραν σου πρόσευξαι τῷ πατρὶ σου τῷ ἐν τῷ κρυπτῷ καὶ ὁ πατήρ σου ο βλέπων ἐν τῷ κρυπτῷ ἀποδώσει σοι. ΚΑΤΑ ΜΑΤΘΑΙΟΝ 6

Los tesoros de la Fe

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Colección de rosarios devocionales

            Dicen los que entienden, que la Fe es un don, y también un tesoro. La Fe ha producido tesoros, en todas las religiones,  a lo largo de los siglos en forma de creaciones artísticas, literarias, musicales. Está claro que la Fe, es entre otras cosas, parte de la condición humana. Es un misterio inextricable. Muchos la defendido, intentado explicar, a la par que otros la combatían con denuedo. La Fe también ha llevado a hacer barbaridades en su nombre, por eso hay que darle el valor justo, el que le corresponde. Todo debe ir siempre acompañado de obras: «…y Yo, por mis obras, os probaré mi Fe«. Frase sencilla e impresionante y a la vez muy profunda.

           Un día, empecé a encontrar rosarios fascinantes en el Rastro de Melilla. Nunca antes me habían interesado, la verdad es que hasta los desdeñaba. Sin embargo aquellos rosarios antiguos, pesados, hechos de maderas, de semillas, metálicos o de otros materiales, me resultaron atractivos. La gente se deshacía de ellos, como objetos anticuados y sin utilidad en el mundo actual. Yo percibí en ellos algo en lo que no me había fijado hasta ese momento. Esos rosarios desgastados que estuvieron en manos de personas, que elevaron sus preces una y otra vez, estaban cargados de buenos deseos, de agradecimientos, de súplicas, de energías positivas. Son como viejos caminos para comunicarse con lo más Alto y decidí coleccionarlos y guardarlos. Tienen valor, pero no es monetario. Son un tesoro, pero de una categoría que apenas puede percibirse. Desde entonces me acompaña una buena cantidad de ellos, algunos muy hermosos. Algunos tiene 100 años de antigüedad. Pertenecieron a personas de las que nunca sabremos nada.

Madre e hijo

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La pequeña historia de una imagen

Hace tres o cuatro años, recorría el «Rastro de Melilla», nada que ver con algo similar o con lo que la palabra evoca en el mundo entero, en busca de lo que yo llamaba  tesoros. En general buscaba imágenes religiosas abandonadas por la gente, rosarios antiguos e imaginería religiosa en general. En aquellos años encontré cosas bastante interesantes y a precios muy módicos. Hoy tengo una colección pequeña pero interesante de todo este tipo de objetos. Me gustan porque a veces me paro a pensar en cuantas oraciones recibieron esas imágenes y rosarios, cuantas súplicas, cuantas plegarias y favores cumplidos o no. En general, yo me sigo considerando un pagano, en la acepción vinculada a la religiosidad antigua, a la existente antes de la llegada del cristianismo oficial. Los romamos eran, en el aspecto religioso, el pueblo más tolerante posible. Aceptaban cualquier deidad proveniente de cualquier parte del entonces mundo conocido. Había una religión de «Estado», relacionada con cierto tipo de culto protocolario a la figura del emperador, pero nada más. La intolerancia apareció con el culto monoteísta.

Un día, en aquellos paseos, encontré esta imagen, pefectamente enmarcada y la compré por 1€. Está claro que presidió el cuarto de un niño o niña, y vigiló durante años los sueños de su infancia, y los buenos deseos de su padre y madre. Me imagino a una madre, echando una última mirada a su criatura, embozada en la cama, bien arropada y antes de apagar la luz, dirigiendo una última mirada a este cuadro.

He visto decenas de imágenes de este tipo, intentado provocar sentimientos maternales y de protección, pero muchas de ellas son demasiado artificiales, demasiado evidentes. Obvio en esta fotografía cualquier connotación religiosa. No la busqué, no me fijé en eso cuando compré este cuadro por 1€. Es de una ternura y una suavidad máxima, tanto en la madre que mira al hijo, como en la del hijo a la madre. Ignoro de dónde está sacada, si es una reproducción de un óleo, de una lámina. No sé nada del autor. La imagen inspira paz, un entorno de protección absoluto. Nada turba esa sensación de tranquilidad y confianza. No se puede describir más, solo mostrarla.

Necesitaba un instante de paz, esta capilla fue creada para eso, a salvo del ruido y de las contingencias mundanas que azotan fuera. He tardado 20 días en volver aquí.

La imagen de la Virgen María

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          La imaginería de la Iglesia romana nos la presenta como una mujer bella y salvo excepciones, de piel blanca, de cutis terso, cargada de joyas, coronas y alhajas, pero la “María” real fue una sencilla pastora palestina, de tez probablemente oscura y pelo negro, de costumbres, vestimentas y hábitos sencillos.

         Mariam, la mujer que llegaría a constituir “el ónfalos” de la religión cristiana junto con la resurrección de su hijo, sigue siendo una absoluta desconocida.   Primero porque los evangelios llamados canónicos, los admitidos como verdaderos por La Santa Madre Iglesia, apenas dicen nada de ella. Segundo porque pese a la imagen almibarada de la madre de Cristo trasmitida por la teología oficial, su papel es trascendental. Como dice Alan Posener en “María”: Sin María no hay Jesús.

             La relación de Cristo con su madre también es enigmática y por lo poco que dejan ver los evangelios, parece una relación difícil. En un pasaje el mismo Cristo se incomoda ante una sugerencia de su madre en las bodas de Caná, y se dirige a ella con un desabrido ¿Qué a ti y a mí, mujer?.  En otro pasaje, se le anuncia la presencia de “su madre y hermanos” y los rechaza diciendo: “Quien cumpla la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

              Tampoco consta que “una vez resucitado” se apareciera ante ella  para comunicarle el trascendental hecho, y eso pese a que “el encuentro de madre e hijo” es uno de los actos preferidos de La Semana Santa. Es su madre la única que no tiene miedo tras la ejecución y muerte de Jesús y la que calma y tranquiliza a los apóstoles ante la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés.

           Todo lo que se sabe de ella, de sus padres, de su niñez, se conoce gracias a los denominados “evangelios apócrifos”,  y que La Santa Iglesia va hoy admitiendo poco a poco, empujada por los descubrimientos de textos como los de Qunrán y Nag Hammadi, pese a que en los pasados siglos, la defensa de estos otros textos llevase a “la hoguera” a más de uno de sus defensores o a declaraciones de herejía y excomuniones. 

                  Diferentes concepciones entre Oriente y Occidente 

             Las diferencias entre estas dos iglesias católicas son muy profundas, tanto que si observamos la plasmación de su veneración, parece que no estamos ante la misma persona.

              La Iglesia Ortodoxa no sostiene ningún dogma de Fe sobre María, mientras que la Romana le asigna nada menos que cuatro. En Oriente sólo se la venera como María Teótokos (madre de Dios), siempre se la representa con el niño, nunca sola y solamente en icono plano, bidimensional, jamás en volumen tridimensional o efigie.

              La vírgenes de Occidente son consideras idolatría por La Iglesia Oriental, que no tiene tampoco una cabeza única, sino cuatro patriarcas por tradición y todos del mismo rango. No acepta pues tampoco el primado de Pedro. La Iglesia ortodoxa agrupa a unos 200 millones de creyentes.

               En Oriente la Virgen no fue “asunta al cielo” sino “dormida” y sólo se la representa iconográficamente de tres maneras, como La Virgen del Signo, La Virgen Hodiguitria (la que señala el camino) y La Virgen de La Ternura. Considera que María llevó una vida de pureza y castidad y proclama su virginidad perpetua, pero sin dogma y sin llegar tan lejos como El Vaticano, que proclamó como Dogma de Fe “La Inmaculada Concepción” de la propia María.

            La ruptura definitiva y ad aeternum entre las dos iglesias se producirá en 1204, cuando los cristianos de La IV Cruzada, mandados por el Papa Inocencio III, saqueen y destruyan la ciudad de Constantinopla, la ciudad consagrada a María.

      Los sucesos según  Nicetas Coniates, historiador bizantino

          Destrozaron las santas imágenes y arrojaron las sagradas reliquias de los mártires a lugares que me avergüenza mencionar, esparciendo por doquier el cuerpo y la sangre del Salvador. En cuanto a la profanación de la Gran Iglesia (se refiere al saqueo y destrucción de la catedral de Santa Sofía), destruyeron el altar mayor y repartieron los trozos entre ellos. E introdujeron caballos y mulas a la iglesia para poder llevarse mejor los recipientes sagrados, el púlpito, las puertas y todo el mobiliario que encontraban; y cuando algunas de estas bestias se resbalaban y caían, las atravesaban con sus espadas, ensuciando la iglesia con su sangre y excrementos.

          Una vulgar ramera fue entronizada en la silla del patriarca para lanzar insultos a Jesucristo y cantaba canciones obscenas y bailaba inmodestamente en el lugar sagrado,  tampoco mostraron misericordia con las matronas virtuosas, las doncellas inocentes e incluso las vírgenes consagradas a Dios.

           Este culto a La Virgen es una transformación del culto a la diosa madre, es la supervivencia de Artemisa, la diosa mediterránea que tenía su principal centro en Efeso, el mismo lugar en que dicen que María fue Asunta al Cielo María, según la tradición occidental o solo “dormida” según la tradición de Oriente.

      Nota: http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/maria_s.htm

Sobre la fe y las obras

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           Santiago 2, 14-18: ¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?, ¿es que esa fe le podrá salvar?…Esto pasa con la fe: si no tienes obras, está muerta por dentro. Alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras. «Enséñame tu fe sin obras y yo, por las obras, te probaré mi fe».

       Ocurre a veces que uno encuentra en un libro, en cualquier lectura, una cita lo suficientemente potente y exacta, que ajusta con un momento vital específico como un guante a la mano. No tienen por qu ser citas religiosas, basta cualquier libro, una opinión o una idea bien expresada. Cuando eso ocurre ese instante queda fijado con ese libro y con esa lectura.

      Yo insistiré siempre en la importancia de las obras: Por medio de la fe, cualquiera que esta sea,  mucha gente ampara acciones difícilmente justificables. Por medio de ella también se evitan los remordimientos o se adormece la conciencia. Casi nadie tiene conciencia de haber obrado mal en un  momento determinado. Suelo ver a menudo más de lo primero, la fe sin obras,  y creo que la parte más importante de la cita es la segunda, la última:.. y yo por la obras, te probaré mi fe.

     En cualquier caso, es difícil resolver esta cuestión de modo satisfactorio y definitivo.

Los textos de Monseñor Buxarrais en internet

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           Ramón Buxarrais Ventura, obispo emérito de Málaga desde 1991, es un valor en alza. La atención que se le ha prestado en los últimos tiempos ha hecho que el Obispado de Málaga coloque en la red, los textos del libro que publicara en papel sobre su tiempo al frente del episcopado malacitano. En la edición completa de sus textos episcopales  titulada «Pasó haciendo el bien»,  se recopilaron tanto sus escritos pastorales, como sus entrevistas en medios de comunicación,; sus escritos públicos y una edición  de «Cartas a Valerio», un libro en el que, mediante el género epistolar, reflexionaba sobre diversos aspectos de la realidad de entonces y que tambien siguen vigentes en este momento.

             Monseñor Buxarrais fue un gran obispo, muy mediático, quizá el primero y sigue interesando mucho a la prensa, al mundo eclesiástico y al que está en la frontera. Es una gran persona que no ha caído nunca en el olvido, aunque tampoco ha buscado la notoriedad pública. La noticia de este acceso digital a parte de su gran producción intelectual, es muy saludable y un acierto por parte del Obispado de Málaga, que ha publicado los enlaces en su boletín digital.

             http://www.diocesismalaga.es/index.php?mod=content&secc=view&id=2012081707

Cristo de la Salud, Málaga

           La iglesia del Cristo de la Salud en Málaga llama la atención por su cúpula octogonal que hace que uno se fije inmediatamente en él, pese a la estrechez de las calles del centro histórico de Málaga. La planta de la iglesia coincide practicamente con la forma de su cúpula, pues se trata de un solar muy pequeño,  cedido a la Compañía de Jesús en el siglo XVI. Está situado junto a la plaza de La Constitución. La sorprendente forma de la cúpula ejerce de faro que capta la atención del visitante. Una vez dentro de este edificio jesuita de estilo barroco, construido entre los siglos XVI y XVII, sorprende la riqueza de la decoración y la profusión de imágenes, algunas de ellas de las más representativas de la Semana Santa de Málaga. La calle en donde se encuentra esta iglesia se llama Compañía, influenciada por la presencia de los jesuitas.

           Sin embargo hay otro detalle que puede pasar desapercibido. Se trata de un lápida que recuerda que allí estuvo enterrado, durarte 117 años, el insigne Pedro de Mena y Medrano, hasta que su capilla, la del Cister, estuvo completamente reconstruida. Según cuenta el texto de la lápida, Mena dejó especificado en su testamento que quería reposar en la iglesia del Cister, que es en donde está actualmente, y en donde estuvo enterrado desde su fallecimiento en 1688, salvo en ese lapso de tiempo (1877-1996).

        El Barroco estuvo caracterizado por el «horror vacui», un sentimiento de intranquilidad y desazón que producía el inmenso espacio vacío de las iglesias románicas. Es el miedo del ser humano a estar solo frente a su conciencia y sentimientos. El Barroco prendió llenar cualquier espacio vacio con imágenes, sensaciones, y decoración profusa. No quedaba espacio para el pensamiento libre. «Si no se deja espacio al libre albedrío, no hay hueco para el error«, decía San
Agustín. A mí, el recargamiento excesivo en la ornamentación llega a aturdirme y a asfixiarme, aunque tampoco me siento cómo con la ausencia de cualquier tipo de imagen o representación iconográfica, como promueven algunos grupos integristas cristianos.

   Nota: http://www.iaph.es/web/canales/conservacion-y-restauracion/proyectos-destacados/santo-cristo.html

La prodigiosa vida de San Agustín

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         Agustín nació en Tagaste, lo que hoy sería Túnez, en el año 354 de Nuestra Era. Durante un largo tiempo se dedicó a una vida licenciosa, narrada por él mismo en «Las Confesiones». Dedicado a la lujuria, al robo, a los amores deshonestos, o como él mismo decía: «Al gusto por hacer el mal». Durante años visitó todos los lupanares de la costa africana, o las ciudades más famosas por tener los más atractivos de todos ellos: «me revolcaba en su cieno, como si se tratara de un ungüento oloroso». Aborrecía las Sagradas Escrituras por aburridas y se convirtió en seguidor de una herejía, la maniquea.

     San Agustín muestra claramente dos cosas, una es la perniciosa influencia que ciertas cosas, aparentemente buenas y bellas, pueden tener sobre los blandos espíritus de los adolescentes. La otra es la gran importancia que tienen «las compañías» sobre los jóvenes. Esta última es la gran preocupación de cualquier padre o madre. Agustín tuvo una madre, Mónica (que acabaría siendo santa), que anduvo detrás de él, no dejándole solo en sus fechorías e intentando mitigarlas en todo lo posible. Al final consiguió detener la loca carrera de su hijo, aunque tuvieron que pasar más de diez años para ello. Agustín vió una luz durante una predicación de San Ambrosio.

      Desde ese momento, se convirtió en un exégeta de las Sagradas Escrituras y en firme azote de toda herejía, especialmente duro fue con la que había sido su secta nodriza, la de los maniqueos. A partir de ese momento y además de explicar claramente cuales son los caminos que conducen al «pecado», ideó  La Ciudad de Dios, un lugar imposible y a salvo de todo mal. Actualmente, proliferan en todas las religiones, grupos que intentan preservar a los suyos de todo mal, o de todo contacto con el supuesto «pecado». Construyen oníricas ciudades de Dios, en las que si hay algo ausente no es el pecado, y sí la presencia de Dios, en cualquiera de sus múltiples interpretaciones.

     Si San Agustín enseñó algo, y enseñó muchas cosas, fue que tanto el bien , como el mal, debe ser descubierto por uno mismo. Por eso hay que dotar a las almas de las personas de instrumentos para  discernir ambos caminos,  incluso  que después de haber caído en el mal, uno sepa darse cuenta y rectificar su rumbo. Muy pocas cosas pueden evitarse.

                  Iglesia de San Agustín en Melilla

    Fue un anterior almacén del anexo cuartel de Intendencia, comprado por los vecinos del Real y convertido en Iglesia en 1938. Detrás del despacho parroquial, hay un pequeño patio con una higuera (de las más hermosas de Melilla) y una parra. El lugar es fresco y muy agradable.